Coordinación de ética de las profesiones

Coordinación de éticas profesionales

La coordinación de ética de las profesiones, surge como respuesta a la demanda de los cursos de ética profesional que imparte el Departamento de Teología de la Sede de Coquimbo.
Es una instancia académica que permite potenciar el trabajo de los profesores que imparten dichas asignaturas.
Como también busca potenciar la formación ético moral declarada en el proyecto educativo de nuestra universidad.

Frentes de acción periodo 2008-2010:


1.- GESTIÓN


ACCIONES:
Coordinación con los jefes de carreras sobre los contenidos y metodologías de las éticas profesionales.
Contacto con otras unidades académicas que imparten ética profesional en la sede; Medicina, Escuela de Derecho.
Establecer red de apoyo con dichas unidades.
Recensión de programas de ética profesional de otras universidades.
Red de contacto con centros de ética.
Contacto y relación con instancias de servicios en el ámbito de la ética en la Universidad y en la Sede Coquimbo (Comité de Bioética).


2.- DOCENCIA:

ACCIONES:


Mejoramiento de las tics para las clases por medio de la creación de una pagina web institucional
Mejoramiento de bibliografía sobre temas de ética profesional.
Consolidación de equipo interdisciplinario.
Coordinación con los profesores de la asignatura
Incorporar metodologías interactivas: actividades en terreno, visita de profesionales, presencia de Colegios Profesionales (Asociaciones Gremiales), foros, talleres, etc

3.- ELABORACIONES (extra de la coordinación)

Trabajo en los programas de asignatura.
Formulación de programas en base a competencias.
Formulación de programas conforme al proyecto educativo UCN, los perfiles de egreso de las carreras…
Recensión de programas ética profesional de toda la UCN
Hacer investigación sobre ética de las profesiones.
Participar en proyectos relacionados con la temática.
Crear espacios que permitan hacer conciencia de la transversalidad de la formación ética de los futuros profesionales, involucrando a los jefes de carrera y académico de las demás disciplinas
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miércoles, 7 de mayo de 2008

Transformaciones que la globalización ejerce sobre el trabajo

"Contribuciones a la Economía" es una revista académica con el
Número Internacional Normalizado de Publicaciones Seriadas
ISSN 16968360


________________________________________
Dra. Gema González Ferrera
gema.gonzalez@uca.es
Profesora de Sociología de la Empresa
Universidad de Cádiz
Para aproximarnos a algunos de los procesos que se están produciendo en la globalización habría que hacer una reflexiones previas, revisando críticamente conceptos y paradigmas instalados en una época caracterizada por el “pensamiento único”. Reflexionar sobre la contingencia del concepto trabajo en la sociedad industrial, sobre el papel de los sindicatos en la construcción y crisis del Estado del Bienestar es una manera de contrarrestar el discurso y las consecuencias de un modo de entender las sociedades y la globalización actual de la economía que peca, cuanto menos, de simpleza y monolitismo ideológico. Así, se exponen algunos materiales necesarios para articular un discurso más complejo y plural, como requiere la naturaleza del asunto.

1. Sobre el concepto trabajo y la industrialización.
El nuevo orden social que irrumpe con el surgimiento del capitalismo industrial creó, a través de la denominada ética del trabajo, la concepción que tenemos en la actualidad sobre el trabajo, si bien ésta dista mucho de ser categórica e indiscutible, apareciendo como extremadamente plural y compleja, como corresponde a cualquier construcción social. “Lo que nosotros llamamos “trabajo” es una invención de la modernidad. La forma en que lo conocemos, lo practicamos y lo situamos en el centro de la vida individual y social fue inventada y luego generalizada con el industrialismo” (Gorz, 1995: 25)[1]. La ética del trabajo es, pues, un invento europeo.
No sólo las sociedades anteriores no estaban estructuradas alrededor del trabajo sino que “La antropología ofrece hoy abundantes materiales que muestran que en estas sociedades la noción de trabajo no tiene ni el soporte conceptual ni la incidencia social que hoy tiene en la nuestra. En primer lugar, se observa que su lenguaje carece de un término que pueda identificarse con la noción actual de trabajo: o bien cuentan con palabras con significado más restringido (que designan actividades concretas) o mucho más amplio (que pueden englobar hasta la actitud pensante o meditabunda del “chaman”). No existe en ellas una distinción clara entre actividades que se suponen productivas y el resto. Como tampoco atribuyen una relación precisa entre las actividades individuales que conllevan aprovisionamiento o esfuerzo y sus contrapartidas utilitarias o retributivas, habida cuenta que entre ambos extremos se interponen relaciones de redistribución y reciprocidad ajenos a dichas actividades” (Naredo, 2002:1)[2].
Ya el pensador judío Karl Polanyi advirtió en 1944 en “La gran transformación” que en las sociedades pre-modernas ni siquiera existía la economía, ya que ésta se encontraba inmersa en las relaciones sociales, sin posibilidad de deslinde. Por supuesto, los grupos humanos habían de procurarse el sustento pero en ningún caso, hasta el sistema capitalista, se trata de una actividad económica con reglas propiamente económicas de cálculo y beneficio (teóricamente universales como se defiende en la ciencia económica clásica).
Sustituyendo a las que ahora consideramos como pintorescas creencias del pasado[3], con la industrialización se comenzó a valorar el esfuerzo humano como creador de riqueza. A la vez, desechando otros factores de sociabilidad ya existentes, se presentó el trabajo como elemento central en la vida del ser humano, fórmula privilegiada a través de la cual conseguir la cohesión social, el desarrollo de las propias potencialidades y dar salida a la natural necesidad del ser humano de auto-expresarse a través del proceso y del resultado del proceso de su esfuerzo personal. Tal concepción abstracta distaba mucho (y dista todavía ahora para la mayoría de los trabajadores), como es sabido, de las posibilidades que el trabajo real podía ofertar a la mayoría de sus ejecutantes. Como explica Hanna Arendt (1993:17)[4] “la modernidad trajo consigo la glorificación teórica del trabajo cuya consecuencia ha sido la transformación de la sociedad en una sociedad de trabajo”.
El trabajo pasó, así, a ocupar un puesto central en la sociedad: primando sobre la familia, recluyendo a las mujeres en el ámbito de la reproducción (que pasó a ser secundario respecto al de la producción), separando el espacio vital del laboral, pero condicionando el proyecto vital: los derechos y obligaciones, el estándar de vida, sus relaciones, ocio, normas de propiedad... definiendo el estatus a ocupar por su ejecutor y, por tanto, su éxito o fracaso; punto de referencia a partir del cual se planificaban y ordenaban todas las otras actividades de la vida[5].
Es decir, el trabajo se configura como el elemento determinante para definir la identidad social. Los predicadores de la ética del trabajo decimonónicos insistieron en que el padre de familia tenía que cumplir en su hogar el mismo papel que los supervisores y capataces en la fábrica, como fórmula de asegurar el nuevo orden social que se quería construir[6].
El término trabajo raramente recoge la cantidad de situaciones en las que sus ejecutores consideran que eso es lo que están haciendo y, a la vez, también hay que resaltar “el desorden semántico que rodea al término trabajo; su uso incluye numerosos significados y plantea confusiones difíciles de aclarar”[7]. Las diferencias más importantes son claramente culturales por lo que hay un gran consenso en afirmar que “el trabajo en su descripción de contenidos, modos y fines está socialmente construido: no existe una cosa objetiva y permanente llamada trabajo. La diferencia entre trabajo y no-trabajo raramente se refiere al tipo de actividad. Más probablemente esa diferencia estriba en el contexto social que reconoce y acepta la actividad humana concreta, contexto que naturalmente varía espacial y temporalmente” (Pérez Adán, 1992: 87)[8]. El hecho de reconocer un proceso social como construcción nos permite no sólo aludir a su contingencia sino a su posible transformación.
También fue una novedad histórica convertir la fuerza de trabajo en mercancía. En el contexto ideológico del liberalismo económico, se suponía que, como cualquier otra mercancía, el trabajo vería fijado su precio por el mercado. Teniendo en cuenta que se derogó la abundante legislación existente sobre pobres, se privatizaron (incluso legalmente, con las Enclosure Acts en Inglaterra, por ejemplo) los terrenos comunales y se tomaron diversas medidas tendentes a impedir la subsistencia sin someterse al nuevo orden, el asalariado sólo contó con su fuerza de trabajo para su mantenimiento.
Es por ello que, objetivamente, en el mercado de trabajo, la oferta y la demanda no estaban en situaciones similares de poder para negociar (aunque no todos los colectivos tuvieran la misma fuerza o debilidad negociadora). A lo largo del siglo XIX, los trabajadores se organizaron en sindicatos para intentar compensar el poder que tenían los empresarios sobre sus condiciones de trabajo (y de vida).
El mercado de trabajo nunca ha funcionado como la economía clásica establecía, ya que, como multitud de autores han señalado, desde Marx hasta ahora, aunque se trate y se considere al trabajo como una mercancía, éste no puede comportarse como tal. Mientras que el propietario del capital puede separarse de su capital (éste puede “trabajar” separadamente), el trabajador no puede separarse de su capacidad de trabajar y no sólo le dedica la mayor parte del tiempo útil de su vida, sino que su ser y su dignidad se implican inexorablemente en el desempeño de su trabajo.
Por mucho que se proclame la autorregulación del mercado, el del trabajo tiene sus límites en la fatiga producida por el esfuerzo laboral y en los salarios, que no pueden bajar del mínimo que asegure la subsistencia. “La aparición del sindicato, al igual que los acuerdos y carteles entre empresarios para aumentar los precios, convirtieron la autorregulación de la economía de mercado en lo que realmente es: un mito con un contenido exclusivamente ideológico. Todos hablan contra los monopolios y a favor de la libre competencia, y todos se esfuerzan por eliminarla tanto como sea posible formando oligopolios, cuando no verdaderos monopolios” (Sotelo, 2002)[9].

Conocidas son las durísimas condiciones en que se desarrollan las largas jornadas laborales de la primera industrialización. Los propios círculos conservadores menos reaccionarios proclamaban la necesidad de mejorar las condiciones laborales de la clase obrera para conjurar el peligro de la revolución. Una vez que ésta triunfó en la Unión Soviética, el peligro pasó de hipotético a real. A ello se sumó la Gran Depresión que vino a evidenciar, como mínimo, las enormes dificultades que tenía “la mano invisible del mercado” para regular el sistema.
Y, sin embargo, la etapa de entreguerras fue de agudización de “la lucha de clases” y de planteamientos radicales en las empresas: el enfrentamiento ideológico fue total y las posturas e intereses se consideraron irreconciliables. “El movimiento obrero en general y particularmente los sindicatos europeos consideran que el capitalismo es, por su propia naturaleza, un sistema explotador. En Europa se imponen los sindicatos inspirados en el marxismo o el anarquismo... Los sindicatos inspirados en otras ideologías son considerados “amarillos”. La huelga se asume como un medio para controlar el absolutismo de los empresarios”[10].
Como se sabe, después de la II Guerra Mundial, las clases medias y parte de la clase obrera siguieron apoyando a partidos políticos que, con una postura reformista, habían abandonado ya anteriormente (Eduard Berstein) la concepción marxiana del Estado, para visualizarlo como un posible instrumento de transformación de la sociedad. Al alcanzar éstos el poder político, iniciaron un proceso de reformas que desembocó en el Estado del Bienestar.
Los sindicatos contribuyeron a institucionalizar el conflicto laboral a través de la negociación colectiva. Una sociedad compleja, una sociedad que sabe más de sí misma, sabe que el conflicto ha de incorporarse a su planificación. Con ello, el conflicto se encauza y se somete a normas, deja de ser espontáneo y, por tanto, incontrolable. Los marxistas fueron contrarios a este planteamiento al entender que esto disuadía a los obreros de luchar por la revolución y les comprometía con el reformismo.
El Estado de Bienestar y los sindicatos alcanzaron, pues, su época de esplendor desde los años de reconstrucción posteriores al fin de la 2ª guerra mundial hasta la crisis de los 70. A esta etapa se la denomina habitualmente como keynesiano-fordista: a nivel político, preeminencia del Estado de Bienestar; a nivel productivo, fordismo. El poder de los sindicatos fue notable, ya que, en condiciones de casi pleno empleo (tal como había sido definido por Beveridge y Keynes), homogeneidad de condiciones laborales (que suponían intereses compartidos) y grandes concentraciones de trabajadores (que facilitaba la acción concertada), los trabajadores organizados en sindicatos pudieron negociar con los empresarios en condiciones menos desiguales.
La intervención normativa del estado keynesiano desarrollando las políticas sociales de bienestar así como el mayor poder negociador de los sindicatos supusieron una mejora notable de la situación laboral y vital de amplias capas de la población que ya no sólo veían asegurada su supervivencia, salud, educación, subsidios de paro y de vejez, etc. sino que también podían acceder al consumo de bienes anteriormente reservados a otras clases sociales (sociedad de consumo de masas), permitiendo asimismo la reproducción del sistema sin abocarlo a una crisis de subconsumo como muchos autores consideran que fue la de los años 30.
Se configura así un “auténtico círculo virtuoso que guía el crecimiento de las economías occidentales” ...el modelo taylorista-fordista promueve aumentos considerables de la productividad y un uso abundante de mano de obra en las grandes fábricas que conduce al pleno empleo. Éste garantiza que amplias franjas de la clase obrera entren en el proceso de salarización y dispongan de la posibilidad de consumir los productos que invaden el mercado. Los beneficios empresariales se acrecientan y con ello la inversión y las alzas salariales se orientan, por parte de los trabajadores, de nuevo al consumo”[11].
Es decir, se genera una situación de estabilidad de las relaciones industriales y de confianza en el futuro que ofrecía seguridad y estabilidad y permitía calcular y obtener unas consecuencias de las propias iniciativas. Cada mejora introducida en la vida de los trabajadores se saldaba con nuevas oportunidades de negocio y, por tanto, de empleo: el sistema de pagos a plazos permitía el acceso masivo a bienes secundarios, las vacaciones pagadas iniciaban el turismo de masas, etc.
El reconocimiento y posición que se otorgó a los sindicatos no tiene comparación con el que han tenido otras asociaciones de intereses. Ello se logró a cambio de integrar en el pacto capital-trabajo a la clase asalariada, protagonista de “la probablemente mayor contestación de un orden social que se ha dado en la historia”[12]. De hecho, la “cuestión social” por antonomasia fue desde los inicios de la industrialización, la cuestión obrera.
Como afirma Fausto Míguélez (2002:40)[13]: “Hay pactos sociales que garantizan paz social y alta productividad. Su traducción en el terreno económico y laboral es la consolidación de sistemas de relaciones laborales en los que hay tres actores principales: Estado, organizaciones patronales y organizaciones de trabajadores... ... Las organizaciones de los trabajadores ofrecen al sistema en su conjunto una paz social aceptable en la que, si bien hay conflictos y medidas de presión, éstas tienen lugar dentro de unos límites tolerables. Más en concreto, garantizan a las empresas productividad en incremento a cambio de una paulatina mejora de salarios y condiciones de trabajo. Los empresarios y las organizaciones patronales aceptan negociar las condiciones de trabajo con los representantes de los trabajadores, lo que les permite mantener controladas unas ciertas condiciones de competitividad. Al tiempo, mantienen un cierto compromiso implícito con sus sociedades locales de seguir invirtiendo, lo que facilita la creación continuada de empleo. Por su parte, el Estado garantiza no sólo políticas propicias al pleno empleo, sino sobre todo que éste tenga unas garantías mínimas. Es lo que solemos llamar la regulación del empleo. Pero, sobre todo, se mantiene dispuesto a invertir en ámbitos que, con frecuencia, la iniciativa privada no ocupa y que crean riqueza y, sobre todo, empleo”. Se plantea la polémica sobre si este capitalismo, obligado a reformarse ante la existencia de la alternativa comunista, es o no es ya capitalismo.
Se extiende la convicción de que el trabajo (ya regulado y convertido en empleo) mejora notablemente y que eso seguirá ocurriendo en el futuro, el cual se visualiza mayoritariamente como “sociedad del ocio” y del “dolce far niente”. En ella, la innovación tecnológica y las mejoras en productividad harán preciso que el esfuerzo humano deba aplicarse menos horas al día o bien menos días a la semana, o menos semanas al mes o menos meses al año, pero, en cualquier caso, se plantea claramente la expectativa de “trabajar menos”.
Aún no había aparecido la coletilla actual “para trabajar todos” ya que, en general, se consideraba que seguiría existiendo el pleno empleo y, de hecho, el compromiso del Estado en la consecución de éste se hace constar en las constituciones redactadas a lo largo del siglo XX.
Por supuesto el pleno empleo se refería principalmente a empleo seguro, estable, a tiempo completo... para los varones y preferiblemente blancos, como se encargó de denunciar el movimiento feminista o el de los negros. Por ello, y a pesar de las mejoras significativas conseguidas, el Estado del Bienestar no estuvo exento de críticas como las de los Nuevos movimientos sociales de los 60 que, resumidamente, podemos cifrar en:
. No se ha erradicado la pobreza (y la pobreza no es un asunto individual), ni a nivel planetario ni en el interior de los países desarrollados, ni se han eliminado las variadas formas de reproducir la desigualdad.
. La alienación permanece de una forma menos evidente, pero no por ello menos grave, a través de los mecanismos de integración de los ciudadanos a través del consumo.
. Se han consagrado papeles diferenciados y desiguales (los dos géneros y los grupos étnicos). Persiste la sociedad patriarcal y autoritaria.
. Los costos sociales del crecimiento económico se aprecian alarmantemente en el deterioro progresivo e irreversible del medio ambiente y sus secuelas sobre la salud (y sobre el costo de la atención sanitaria). Se denuncia el despilfarro y el esquilmo de los bienes comunes de toda la humanidad: agua, bosques, materias primas... a la vez que comienzan, a través de los primeros Informes al Club de Roma, a conocerse las limitaciones que deberían hacerse a ese tipo de crecimiento cuantitativo en función, al menos, de la contabilización de recursos conocidos.
. Predominio de puestos de trabajo sin cualificación real, repetitivos, monótonos, carentes de interés, que no permiten ni la autorrealización ni el crecimiento profesional.

2. La crisis y la globalización.
La crisis del petróleo supone una primera sacudida que amenaza con romper abruptamente la imagen ideal de una economía mixta que trae seguridad, bienestar y prosperidad progresivas. La progresiva reducción de aranceles comerciales propiciada por los acuerdos de la Ronda Uruguay (y posteriormente la Organización Mundial del Comercio), la libertad de movimientos de capitales acordada por el Fondo Monetario Internacional, así como el abaratamiento de los transportes y las innovaciones tecnológicas (sobre todo en el campo de las telecomunicaciones) han supuesto una transformación radical en el funcionamiento del sistema económico.
Comienzan los ataques a las políticas de bienestar ante las dificultades de sostenimiento del modelo a largo plazo. Y la caída del muro de Berlín se interpreta como el triunfo definitivo del capitalismo (que vuelve a retomar su primitiva acepción), conformándose una explicación de la crisis que, ante la falta de respuesta demostrada por los defensores del estado de bienestar, aparece como la única posible. Es lo que, a pesar de contar con antecedentes históricos, se configura como “pensamiento único”.
La transformación del sistema económico ha tenido repercusiones sobre el empleo (del pleno empleo se ha pasado al desempleo masivo y permanente), los estados de bienestar, las formas productivas, la acción de los sindicatos...
A nivel productivo hay que destacar la irrupción progresiva de un nuevo modelo que, sin afectar a la concentración de capital típica de las compañías multinacionales, se configura (incluso jurídicamente) como una descentralización organizativa y productiva crecientes: la empresa red, fábrica difusa, “lean production”... un modelo de producción fragmentado y descentralizado en el que distintas partes de un producto se fabrican en distintos países (que compiten entre sí en la reducción de costes) y se ensamblan y comercializan en cualquier otro.
Resulta más barato producir componentes del producto a la manera “fordista” en fábricas instaladas en países de mano de obra muy barata (donde los sindicatos o no existen o apenas tienen fuerza) y ensamblar finalmente todos los componentes (incluso lejos del destino final) que producir en la vieja Europa “donde la empresa está obligada a pagar altos salarios y se ve atenazada por múltiples regulaciones e imposiciones del Estado que le restan eficacia” (así se ha construido por el neoliberalismo el discurso explicativo de la crisis, al margen de cualquier razonamiento ético o de responsabilidad social de la empresa con la comunidad gracias a la cual se ha desarrollado).
El progresivo éxito del modelo da lugar a los procesos de deslocalización, desindustrialización y reconversiones que han expulsado a decenas de miles de trabajadores especializados al paro de larga duración o a prejubilaciones. Multitud de producciones se han trasladado (o han pasado a imitarse a un coste muy inferior) a países asiáticos (y más recientemente a los de Europa del Este) dada la facilidad de desarrollar estas producciones en serie (o de “personalización en masa”) por la rapidez en el adiestramiento de los trabajadores en procesos de trabajos repetitivos y simples, al ser extrema la división del trabajo.
Únicamente aquellas producciones en las que el coste del transporte o el acceso a las materias primas les permitan un margen de rentabilidad incuestionable han podido mantenerse a salvo del “dumping social” que supone la competencia de esos países en los que la mano de obra no disfruta de prácticamente ninguna de las ventajas del Estado de Bienestar[14]. Ello explica el despegue industrializador del Sudeste asiático.
Esta interpretación no se comparte por muchos autores (por ej. Eddy Lee[15]) que señalan el hecho de que en la nueva división internacional del trabajo, el sector manufacturero representa una parte que rara vez excede del 20% del empleo en los países desarrollados del cual sólo una parte se adscribe a empresas intensivas en mano de obra. Asimismo, como demuestran los flujos de intercambios comerciales, tanto Norteamérica como la UE como Asia funcionan como economías cerradas en la medida en que el grueso de esos tráficos se produce dentro y entre las mismas. Navarro (2000: 36) apostilla[16].: “Es más, el comercio dentro de cada región ha crecido mucho más rápidamente que el comercio entre los tres bloques regionales”.
A ello hay que objetar, no obstante, las muchas maniobras ejecutadas por las transnacionales para eludir las normas aduaneras a fin de conseguir que los productos “made in the world” lleven la etiqueta made in “país que más prestigio tiene en este mercado” aunque en la realidad en ese último país apenas se haya llevado a cabo algo más que una acción meramente cosmética de última hora. Si además consideramos la creciente tendencia descrita, entre otros, por Manuel Castells hacia la creación de empresas virtuales, comprobamos que no es fácil seguir el rastro real de los intercambios no sólo financieros (que es el aspecto más conocido) sino comerciales.
Otra objeción hace referencia a la necesidad de contabilizar, asimismo, los servicios que las empresas manufactureras desarrollan y necesitan a su alrededor, por lo que consideramos que ésta es una investigación que requiere de múltiples esfuerzos para ser dilucidada, dada la importancia que el tema tiene.
Otro aspecto de la globalización con repercusiones sobre el empleo es el financiero. La globalización financiera se desarrolla con un incremento espectacular de los flujos y transacciones financieras, con predominio de movimientos altamente especulativos y búsqueda de plusvalías a muy corto plazo y con el máximo rendimiento, produciéndose una cierta autonomía de la economía productiva al obtenerse mayores rendimientos de la especulación financiera que de los rendimientos empresariales (la economía devorada por las finanzas).
Como es obvio, “Para que la actividad empresarial merezca continuar es necesario que el capital colocado en la empresa tenga al menos una rentabilidad superior a la de una inversión financiera sin riesgo. Y el único modo de lograrlo para unas empresas acostumbradas a unos tipos nulos o negativos en los años setenta es reestructurarse y reducir costes, en especial el salarial. Evidentemente, los planes de despido forman parte de esta adaptación”[17]. Ello explica que, a pesar de obtener ganancias, pueda peligrar el futuro de una empresa porque lo que resulta preponderante es que el tipo de interés sea o no superior a la rentabilidad del capital en la empresa. Si es superior, los accionistas demandarán una reducción de costes ante el peligro de que sus acciones se hundan.
Y la reducción de costes se está haciendo, invariablemente, por el lado salarial ya que el factor trabajo es el más controlable para la empresa. Como afirma Miguélez[18]: “La realidad es que hoy las empresas pueden controlar mucho menos que en el pasado factores como el mercado y la tecnología. En el control de dichos factores los Estados nacionales y las relaciones de predominio de muchos de éstos (los centrales) sobre otros (los periféricos) jugaban un papel primordial en el pasado. Pero muchos Estados no pueden “proteger” tan eficazmente a sus empresas, aunque otros sí lo siguen haciendo. Por otro lado, las empresas mismas, excepto si son multinacionales –y aun éstas en menor medida que antes-, tienen mayores dificultades que en el pasado para garantizarse mercados y el uso en exclusiva de ciertas tecnologías. Por ello el trabajo se convierte en el factor más controlable”.
Ahora bien, como advierte Juan José Castillo (1998: 108)[19]: “cada vez está más documentado que la mejora de costes interna de las empresas, que se suele asociar con la introducción de nuevos modelos productivos, especialmente lo que se ha dado en llamar o , se hace, en muchas ocasiones, exteriorizando costes. Costes colectivos que, por su difícil evaluación escapan fácilmente a la mirada del sociólogo apresurado. La producción ligera (maigre) dentro de la fábrica se hace (gourmande) en el exterior, a costa de todos”.
La competencia a nivel internacional se hace insoportable a veces incluso para grandes empresas que pocos años atrás parecían gozar de un futuro asegurado. Ante las amenazas de cierre de plantas productivas, gobiernos de diferentes ideologías han ido plegándose a las peticiones de los grandes conglomerados económicos que se han ido formando a través de absorciones, fusiones[20]... Las grandes transnacionales “negocian” con los diferentes gobiernos tanto una política fiscal favorable como la desregulación del mercado de trabajo (o su flexibilización, con la excusa de no frenar la competitividad de las empresas en ese mercado internacional de altísimo riesgo). Como se señala a menudo: “si hay algo peor que ser barrido por las supertransnacionales es ser ignorado por éstas”. Así, los gobiernos entran a competir por atraer inversiones: rebajas de la fiscalidad de las empresas, desregulaciones del marco jurídico del trabajo...
Mientras las recomendaciones de la OMC o el FMI se convierten en normas de obligado cumplimiento (¿cómo no hablar de la pérdida de soberanía de los estados-nación?), las normas de la Organización Internacional del Trabajo no entran en el juego de la globalización. Y no sólo se impone como imprescindible para mantener la competitividad empresarial la flexibilización del trabajo, sino que se ataca a los sindicatos como culpables de esa falta de competitividad debido a sus excesivas exigencias.
La internacionalización de la economía deteriora la eficacia del Estado del Bienestar para controlar la economía nacional. Es la tesis defendida por Giddens o por John Gray a la que Vicenç Navarro opone algunas consideraciones de interés pero que, bajo nuestro punto de vista, no niegan la mayor.
Navarro entiende que las empresas transnacionales, lejos de forzar a los gobiernos a seguir políticas que interesen a éstas, dependen de los estados en que se ubican siendo condicionados por éstos en sus sistemas organizativos, de financiación, de personal, redes de influencia... Se apoya, entre otros casos, en la (por otro lado tradicional) consideración del gobierno estadounidense de turno por los intereses de sus grandes empresas. No está de más recordar que el peculiar sistema de lobbys estadounidense hace que sean los sucesivos gobiernos los deudores de las empresas y no al revés.
La política está supeditada al logro de los votos necesarios para gobernar pero para contar con todo el apoyo mediático (que, en función de sus múltiples alianzas económicas, tiene unos intereses globales concretos) debe actuar como viene haciéndolo: liberando al mundo del capital de las ataduras que pretendían remediar la libertad del zorro en el gallinero.
A las dificultades del estado-nación por controlar su economía hay que sumar el cambio en las condiciones demográficas y de modelo familiar hegemónico que se suceden desde el asentamiento y consolidación del Estado de Bienestar.
La mayor esperanza de vida de la población supone el pago durante más años de las pensiones de jubilación así como el incremento de la asistencia médica a esa población, aumentando los gastos en pensiones y sanidad, tradicionalmente los dos apartados más onerosos de las partidas presupuestarias. El modelo familiar más general en los años 60, familia biparental con un solo perceptor de rentas empleado en condiciones de estabilidad en grandes unidades de producción da paso a situaciones heterogéneas en las que predomina el deseo/necesidad de incorporación femenina a un empleo que adopta multitud de formas posibles más o menos precarias. Como consecuencia del paro y la precariedad, hay menos cotizantes a la seguridad social, así como más gastos por el mismo concepto. Más gastos y menos ingresos: el sistema se hace progresivamente insostenible con los mismos parámetros de partida.
Se interpreta la progresiva crisis fiscal del estado del bienestar como demostración de la inviabilidad del modelo. La consecución del déficit cero se convierte en el nuevo El Dorado a perseguir. El Estado de Bienestar “adelgaza” privatizándose servicios públicos, reduciendo la cobertura de los servicios sociales...
La explicación neoliberal de la crisis, sobre todo a partir de la caída del muro de Berlín, es la que triunfa, convirtiéndose en lo que algunos autores han denominado el “pensamiento único” por la falta de alternativas (e incluso de interpretación de la crisis) demostrada por los defensores del Estado de Bienestar. Se asiste así a una relegitimación del mercado y a una reafirmación de la ideología empresarial con la consiguiente revalorización de la figura del empresario como creador de riqueza y empleo. En paralelo a este vuelco ideológico se produce la desestructuración de las ideologías sindicales sobre las que se hablará más adelante [21].
Los políticos de todos los colores quedan inevitablemente condicionados por este dogma ideológico, aceptando como inexorable esta nueva globalización porque, como afirma Ludolfo Paramio “poner en duda el futuro de la globalización es probablemente lo más arriesgado que puede hacer un gobernante –o aspirante a serlo-... pues implica falta de fe en el mercado y, por tanto, escasa voluntad de defender su lógica ante presiones políticas o de otro tipo. Los políticos ya han aprendido que deben cuidarse muy mucho no ya de hacer, sino de decir algo que pueda provocar la desconfianza de los mercados”[22].
Se reemplaza así el discurso de que es el trabajo el que crea valor; aquella forma de ver el mundo que llevaba a que Miguel Hernández en su poesía “Aceituneros” a la pregunta de “¿quién levantó los olivos?” contestara que no los levantó la nada, ni el dinero ni el señor sino la tierra callada, el trabajo y el sudor. Parece olvidarse que, aunque muchos procesos productivos estén prácticamente automatizados y ofrezcan unos índices de productividad infinitamente superiores a los que permiten el esfuerzo humano, la base de esa tecnología está en el trabajo y el conocimiento humanos. El conocimiento y la creatividad sin apenas capital ahora puede comprar componentes de capacidad global (consultoría de gestión, asesoría legal...), producir riqueza y obtener éxito; el capital sin conocimiento tiene muchos más límites. Y así, El Roto puede hacer decir a uno de sus inefables capitalistas “¡Pues claro que suben los precios! ¿Qué creíais que era si no, la riqueza?”.
El discurso sobre los fallos del mercado (crisis de los años 30) y los costes sociales del crecimiento económico (polución y deterioro del medio ambiente, desertificación, posible agotamiento de recursos naturales...) se ve sustituido por el discurso de los efectos perniciosos de la intervención del Estado. A la cultura solidaria, igualitarista y a la propuesta utópica, lúdica y altruista le sucede una cultura individualista, de defensa, de repliegue y resignación, la apología del presente, el hedonismo y la propuesta del “sálvese quien pueda”; al discurso sobre la equidad, la igualdad y la justicia le sustituye el del crecimiento económico, la libertad de mercado y la eficiencia. Al de la prolongación de los derechos de la ciudadanía, en la búsqueda de la ciudadanía total, la merma de proyectos colectivos, el discurso de los derechos de la propiedad y la relegitimación del cálculo económico como regulador de la acción social.
Se privatizan los centros de poder: medios de comunicación, ciencia, dinero... Se difunden e interiorizan los valores del individualismo, el mérito y el ascenso así como del fracaso de cualquier salida colectiva, haciendo no solo creíble sino consiguiendo hacer interiorizar la máxima de que “si no triunfas es porque o no vales lo suficiente o no te esfuerzas lo imprescindible”.
En resumen, a los nuevos movimientos sociales de los años del boom económico, con una visión contracultural y totalizante y que insistían en las necesidades post-materiales, les suceden desideologización, despolitización [23], anomia, movilizaciones fragmentadas y dispersas y repliegues individualistas del yo (Alonso, 1991:71-98) [24].
Susan George [25] interpreta así el cambio acaecido: “... una explicación para el triunfo del liberalismo y los desastres económicos, políticos, sociales y ecológicos que lo acompañan es que los neoliberales han comprado y pagado su propia “Gran Transformación” viciosa y regresiva. Han comprendido, como no lo han hecho los progresistas, que las ideas tienen consecuencias. Comenzando con un pequeño embrión en la Universidad de Chicago con el economista-filósofo Friedrich von Hayek y sus estudiantes como Milton Friedman en su núcleo, los neoliberales y sus sostenedores han creado una inmensa red internacional de fundaciones, institutos y centros de investigación, publicaciones, intelectuales, escritores y mercenarios de las relaciones públicas para desarrollar, empaquetar e impulsar implacablemente sus ideas y su doctrina”.

3. La crisis del sindicalismo ¿moderno?
Hemos visto que se ha producido una profunda transformación tanto en el sistema económico (crisis, globalización, intensificación de la competencia internacional, deslocalización de empresas, desindustrialización en Europa...) como en el mercado de trabajo: desempleo masivo, de larga duración y persistente, introducción de múltiples formas de contratación (flexibilidad), desregulación, fragmentación del mercado de trabajo: el “central” con contrato estable, posibilidades de promoción y cualificación[26] y el “periférico”: temporal, inestable, precario, carente de una línea constructora de un itinerario profesional, incapaz de aportar identidad), heterogeneidad de intereses, descentralización de la negociación colectiva, elevada rotación laboral...
Esa fragmentación o dualización de la clase trabajadora significa no sólo intereses diferenciados (incluso contrarios en ocasiones) sino desideologización, destrucción del ideario sindical y de la conciencia colectiva. Cualquier dinámica colectiva exige unos valores y una conciencia compartida. Pero ¿dónde están los intereses comunes? Los trabajadores sindicados (los fijos) demandan la defensa de sus intereses y, en muchas ocasiones, los sindicatos han conseguido mejoras para ellos que han ido en detrimento de los salarios de los temporales o bien de no realizar nuevas contrataciones. Así, aumenta la desconfianza ante los sindicatos.
El ex ministro de Trabajo socialista José Antonio Griñán expresó en una intervención en la Comisión de Política Social y Empleo del Congreso de los Diputados, el 19 de mayo de 1997, su temor de que "puede ocurrir que el conflicto histórico de clases se vea en el futuro sustituido por un conflicto entre las personas, cada vez menos, que trabajan en los sectores de alta productividad con mejores condiciones de trabajo y las personas, cada vez más, que trabajan en sectores de baja productividad con pésimas condiciones de trabajo".
Al problema de la división de los intereses de los trabajadores ante posibles respuestas colectivas hemos de sumar ahora también la progresiva “americanización” (o “Mcdonalización” según la terminología de Ritzer[27]) de una parte minoritaria (de momento) de la justicia española que, ensimismada en la ley queda fuera de la realidad y culpabiliza a las víctimas de la creciente siniestralidad laboral por no exigir a sus contratadores el cumplimiento de las medidas de seguridad[28]. En palabras de Marcos Peña, inspector de Trabajo, “un muerto en el trabajo vale 20 veces menos (más de 20 veces menos) que un muerto en la carretera”[29].
Como consecuencia de los factores comentados y de las sucesivas desregulaciones del mercado de trabajo, los colectivos que están al margen de los sindicatos (parados, inmigrantes, trabajadores en la economía sumergida, a tiempo parcial, eventuales, subcontratados, a domicilio...) aumentan progresivamente. Miguélez considera que “... los inseguros tienen razones para pensar que, en un universo empresarial cada vez más antisindical, les conviene aplicar estrategias individuales de permanencia y mejora en el empleo más bien que estrategias colectivas”[30]. En estas condiciones, la labor sindical se torna extremadamente difícil. Además, los sindicatos han tardado mucho en darse cuenta de su inadaptación a las nuevas situaciones.
Como afirma Castells “¿cómo organizar a los trabajadores, cuyas condiciones de trabajo, empleo, sueldo y protección social son individualizadas? Si el trabajo es local y el capital global, ¿cómo actuar sobre una empresa si la respuesta puede ser el cierre y la reinversión del capital en otra región, en otro país o en otro continente?”[31].
Sus interrogantes son varios: plantear “un debate social y político sobre las nuevas formas de organización económica, social y política, buscando un modelo que garantice la conexión entre productividad, competitividad, reparto de la riqueza y bienestar social en las nuevas condiciones tecnológicas”[32]; centrarse en la defensa de todos los trabajadores, estén afiliados o no (y fundamentalmente de quienes están en peores condiciones, por ej. las mujeres que, ante la pasividad real de los sindicatos, son utilizadas como ejército de reserva), o en una política de defensa de los intereses de los afiliados (que son quienes cotizan al sindicato). Esta última estrategia ha configurado un círculo vicioso que ha ido debilitando a los sindicatos y ha debilitado, aun más, la situación de los trabajadores más en precario.
Castells propone asimismo redefinir el sistema educativo de arriba abajo, adaptándolo a las necesidades de un sistema productivo basado en la capacidad de procesar información. Lo cual implica el desmantelamiento de la formación profesional, enfocada a las calificaciones requeridas a corto plazo, y por tanto rápidamente obsoletas, sustituyéndola por una integración entre educación y trabajo constante a lo largo de la vida profesional.
A pesar de las objetivas dificultades que encuentra la acción sindical en la actualidad, hoy por hoy y, a pesar de sus limitaciones, el sindicato es el principal mecanismo con el que se cuenta en nuestra sociedad para defender los derechos adquiridos. Pero se impone un cambio de estrategia sindical que algunos autores cifran en la fórmula popularizada en el pensamiento ecologista: “piensa en términos globales y actúa a nivel local” conservando el ideario de justicia y solidaridad que está en el origen de su existencia. Desde esta postura básicamente ética se hace ineludible la referencia a la situación del Tercer Mundo. Pero ¿es ésta una referencia habitual en el discurso de los sindicatos? ¿No están demasiado lastrados por el corto plazo (racionalidad impuesta por la globalización) y la rutina?
“...el cortoplacismo ha ocupado el centro de las relaciones económicas, poniendo en cuestión cualquier construcción ética porque, en realidad, la ética siempre guarda relación con la forja del êthos, del carácter, y el carácter se forja siempre contando con el medio y el largo plazo. Ir creando actitudes en las personas y en las organizaciones exige tomar decisiones orientadas por valores que trasciendan la coyuntura. Las reglas pueden servir para plazos más cortos, no así los valores de libertad, igualdad, responsabilidad, solidaridad, que trascienden el momento y por eso lo orientan. Resolver la crisis de una empresa desde la solidaridad de sus trabajadores, como fue el caso paradigmático de Volkswagen, exige unos vínculos fuertes de solidaridad entre los trabajadores que no han podido crearse sino en un plazo medio o largo. Y justamente la contingencia, el cortoplacismo, la debilidad de los vínculos, que a menudo vienen a ser la traducción del vocablo “flexibilidad”, diluyen el potencial de solidaridad que un día fue emblemático de la clase trabajadora, siembran la desunión entre los que, a fin de cuentas, tienen que bregar por su propia subsistencia”[33].
No es tarea fácil esta a la que se enfrentan los sindicatos. Pero son muchas ya las voces, incluso de personas nada sospechosas de actitudes críticas por su integración en los mecanismos de poder que reclaman una vuelta de tuerca a esta realidad[34].
En la misma dirección, Cortina y Conill[35] opinan que “...no deja de resultar ilustrativo que incluso desde sectores que optaron por la productividad, la flexibilidad traducida en vulnerabilidad, el consumo y el riesgo, la contingencia y la ironía[36], se alcen voces aconsejando prudencia. La “norteamericanización” de la vida, que comprende todos estos valores, no produce cohesión social, no reduce la anomia ni genera confianza, reduce el compromiso cívico y debilita los vínculos sociales. Y sucede que en una sociedad fragmentada y desconfiada no funciona bien la economía, menos aun la democracia”.
A estas alturas de aplicación de recetas neoliberales se hace insostenible esta situación en la que, habiendo aumentado tan notablemente la riqueza, en Europa no se ha conseguido crear empleo (y el que se ha creado es inestable, precario...) y se han degradado ostensiblemente las condiciones del empleo (y su correlato en aumento de las desigualdades sociales).

4. La eterna pregunta, la clásica, la que no pueden responder todos nuestros mágicos avances tecnológicos: ¿a dónde vamos?
¿Hacia donde va el trabajo? Una vez que la máxima de que sólo con un empleo se puede sobrevivir, ¿cómo seguir dejando en manos del caos del mercado algo tan importante (en realidad, lo único importante) como es la absoluta definición de cómo hay que vivir, qué hay qué hacer durante la mayor parte del tiempo útil de una persona, qué tiempo nos queda para los vínculos más elementales de la vida: nuestros padres[37] ; la construcción de un hogar, de un verdadero hogar en el que se puedan transmitir, viviéndolos, los valores universales, aquellos que a lo largo de los siglos se han configurado como los que promueven la convivencia y la cohesión social así como el verdadero gozo individual. Todas esas aspiraciones altruistas que han configurado el núcleo del humanismo y de las más bellas utopías que hemos sido capaces de construir los seres humanos.
Como decía uno de nuestro clásicos de la sociología (Rocher, 1987:165)[38]: “La adaptación de una persona a su entorno social quiere decir... que ha interiorizado suficientemente los valores, los modelos y los símbolos de su medio ambiente; que los ha integrado en la estructura de su propia personalidad en la medida suficiente para comunicar y comulgar fácilmente con los miembros de las comunidades de las que forma parte, y funcionar con ellas y en medio de ellas, de modo que quepa decir de esa persona que pertenece realmente a tales colectividades. De ahí que, para que haya adaptación a un medio social, sea necesario que todas las personas pertenecientes al mismo ofrezcan entre sí un cierto denominador común, es decir, unos modelos, unas normas, unos valores y unos símbolos compartidos por todos y que les permitan participar de las mismas identidades colectivas”.
Pero la aceleración del cambio social a la que aludía Salustiano del Campo (¡en 1969!)[39], promete más anomia y más conflictos de valores. Se echa de menos la educación aristotélica que abominaba de la acción por el interés. Ya otro gran, enorme clásico, Weber advertía en su Historia Económica General (¡en los albores del siglo XX!) de la descomposición de las viejas relaciones de carácter piadoso cuando el cálculo penetra en el seno de las asociaciones tradicionales.
Y siguiendo sus acciones –que no sus recomendaciones- no podemos dejar de lado ni nuestros valores humanísticos ni la necesidad de reivindicarlos en pos de una pretendida neutralidad científica. Un mundo en el que la mayor parte de su población sufre carencias gravísimas no permite ser neutral. Y ello requiere despojar de sus velos embriagadores el discurso que justifica tales desmanes.
No es cierto que el egoísmo guíe históricamente la acción de los individuos. El individualismo ha aportado logros importantes para el desarrollo de muchas de nuestras potencialidades. Pero hay que recuperar el altruismo que la comunidad imbuía en el individuo. Gil Villa (2002: 54)[40] nos recuerda la pérdida de “...la idea de deber social que tenían las personas de auxiliar a un , una persona cuya trayectoria había sido atacada por un destino aciago, ... y que, como explicaba la Biblia (que hasta no hace mucho sustituía el saber especializado de los científicos sociales), podía ocurrirle a cualquiera, incluso a alguien que ha tenido éxito –como narra el caso de Job-”. El paréntesis de la cita se ha añadido al texto original.
Pero de momento, como dice, entre otros Rifkin[41], asistimos a la mercantilización de todo. Leemos en los titulares de los periódicos: “Los estudiantes creen que no les forman para afrontar un empleo”. Y parece que las universidades han de entonar un mea culpa vergonzante mientras apenas se oyen voces que recuerden que ya bastante colabora el aparato educativo en la interiorización de las normas de la construcción social resultante de nuestro último devenir histórico. Se habla en términos que implican la necesaria subordinación de las universidades a los intereses de la producción. Pero como dice, entre otros, Félix de Azúa, la universidad no debe estar para crear súbditos de multinacionales, sino para formar ciudadanos.
A pesar de la crisis del Estado-nación sobre la que hemos hablado anteriormente, tampoco hay duda sobre el gran ámbito de aspectos de la vida cotidiana sobre la que los gobiernos tienen el poder de condicionamiento. Para bien y para mal. Y parece que haya pasado la época de los grandes políticos, aquellos políticos sensatos, prudentes, cultos, que a pesar de la Guerra Fría ni ignoraban ni olvidaban las enseñanzas históricas.
Como afirma Gabriel Jackson [42]: “Lo que resulta diferente hoy no sólo es que existe una única superpotencia, sino que dicha superpotencia está dirigida por un hombre que no sabe nada de historia ni de economía... ¿qué persona que piense en el futuro humano puede observar con calma el daño inmenso que ha hecho ya este hombre: el rechazo del tratado sobre misiles antibalísticos, la única limitación seria de armas que ha existido nunca; los anuncios repetidos, tanto a amigos como a enemigos, de que o están con nosotros o están contra nosotros; el desprecio por la ONU, el desprecio por “la vieja Europa”; el rechazo de un tribunal internacional si no promete dejar en paz a todos los ciudadanos estadounidenses; el rechazo a Kioto porque exigiría a la industria de Estados Unidos unos esfuerzos que ya se han llevado a cabo en la “la vieja Europa” y Japón... las bellas palabras sobre el libre comercio en un mundo globalizado, que se contradicen descaradamente con los nuevos aranceles para proteger la agricultura estadounidense...”.
Parece que haya llegado la hora de construir una nueva utopía, la que corresponde a estos tiempos en los que conviven sobre el planeta mundos tan diferentes: proyectados a través de satélites de comunicaciones unos, anclados en la prehistoria otros.
Una sociedad civil que aspire a sacar lo mejor de sí misma, mirando hacia delante, hacia todos esos nuevos desafíos pero también mirando hacia atrás. Sin desperdiciar la enorme sabiduría acumulada y desechando lo que se contrasta que no sirve (pero lo que no sirve ¿para qué?). Poder comparar para evaluar en qué se gana y en qué se pierde. Y pararnos a reflexionar sobre lo que es secundario y lo que es prioritario.
Y el modo en que el trabajo ocupa nuestras vidas, es un asunto prioritario. No es aceptable ni su vulnerabilidad, ni su precariedad, ni el excesivo marco de nuestra vida que ocupa, como nos recuerdan las grandes filósofas Dominique Mèda o Adela Cortina. “La productividad, el riesgo, la vulnerabilidad, la inseguridad y la ironía son importantes “para que la economía funcione”. El compromiso cívico, los valores de responsabilidad, confianza y lealtad cohesionan a los ciudadanos, constituyen el capital social de los pueblos, hacen que la democracia y la economía funcionen mejor”[43].
Hay que construir un nuevo paradigma. Juan José Castillo (1999:10)[44], muy lúcidamente, lo plantea así: “las Ciencias Sociales del Trabajo tienen que ser capaces de mostrar, contra las ideas hechas... que las posibilidades de organizar el trabajo y la vida, el tiempo disponible que decía Marx, son hoy más ricas que nunca. Todo lo contrario de lo que las políticas empresariales quieren hacernos creer justificando un trabajo degradado, preámbulo de biografías rotas por doquier, como una imposición del mercado y de su supervivencia (la de las empresas). La debe comenzar por colocar en el punto de mira, en el horizonte, el desarrollo, el despliegue de todas las capacidades de las personas, la felicidad de la mayoría como objetivo posible y razonable. Eso es lo que hay que sostener y fomentar”.
Y, como en las viejas y sabias tradiciones, nuestra felicidad no puede fundamentarse en trivialidades, ni juguetes, ni cuentos, no al menos en nuestras vidas de adultos. Nuestra felicidad depende de la de nuestros próximos y de la de quienes no nos son tan próximos. “...la vieja idea según la cual, a estas alturas de crítica con la cultura del materialismo, cada vez quedará más claro para más gente, en el futuro próximo, que la felicidad individual, siendo el objetivo universalmente reconocido, no se puede obtener en un contexto en el que se está rodeado de sufrimiento ajeno. La idea según la cual yo no puedo ser del todo feliz si no contribuyo a hacer a alguien que no soy yo un poco más feliz, evitando su sufrimiento, debe recomponerse en un equilibrio, siempre difícil de lograr, entre el egoísmo y la lucha contra el sufrimiento ajeno. Un equilibrio por el que hay que luchar cada día”[45].
Más de 20 años de políticas neoliberales (que prometían prosperidad para todos), han aumentado inequívocamente la desigualdad. Los niveles de pobreza se pueden baremar de muchas maneras. Los índices de riqueza también. Nos pueden convencer con datos muy objetivos de que el nivel de vida en China ha subido espectacularmente. Pero habrá que escuchar a la voz popular que sabe que las cifras hay que creérselas a medias. Algo dicen y algo esconden. Muchas de las mayores fortunas del mundo se están gestando allí: la hasta ahora no resuelta cuestión de la distribución.
Pero los índices de desarrollo humano del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) nos informan, año a año, de que esta globalización acelera y ahonda vertiginosamente el foso de las desigualdades entre el norte y el sur, el centro y la periferia. Todos sabemos que la muerte por hambre y sed de nuestros congéneres, en la misma Tierra que alberga sociedades despilfarradoras, es un atentado a nuestra dignidad como seres humanos.
En un inspiradísimo artículo titulado “Dios” que publicó Vicente Verdú en El País aludía al hecho de que, con datos del PNUD de 1997, con la fortuna de los siete mayores capitales del mundo se podía erradicar la pobreza en el año 2000. Según el acelerado ritmo de concentración de la riqueza que hay, Verdú suponía que estaba cerca el día en que nadie dudaría de la existencia de Dios al poder estar en manos de una sola persona la solución de tal problema.
Pero además no sólo es la pobreza un asunto a erradicar, sino tantos otros problemas que no existirían caso de que se cumplieran las normas que el occidente civilizado nos dimos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos[46], en las Constituciones nacionales... las mutilaciones, los castigos físicos, la explotación sexual, la falta de libertad, la inmigración, las nuevas formas de esclavitud, el desarraigo y la pérdida de apoyo familiar... esas biografías rotas son lacras con las que no debemos seguir coexistiendo.
Otros mundos son posibles. Y tenemos que construirlos.
Y habría que recordar los principios del mejor liberalismo ilustrado: ese que abogaba por la libertad civil del individuo[47], las libertades constitucionales y económicas[48], los derechos de las minorías, la permisividad moral...
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[1] Gorz, A.: Metamorfosis del trabajo, Madrid, Sistema, 1995.
[2] Naredo, J.M.: “Configuración y crisis del mito del trabajo” en Scripta Nova, Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, Vol. VI, núm. 119 (2), 1 de agosto de 2002.
[3] Como reseña Santos Ortega: “Antes nada se consideraba que fuera producido por el hombre; las riquezas se veían bajo el prisma de las mitologías como fruto de un maridaje entre el cielo y la tierra, integrado dentro de la visión organicista y animista entonces dominante. Dentro de esta visión organicista, todas las cosas del mundo se consideraban, de una manera u otra, dotadas de vida: esta abarcaba tanto al reino animal y vegetal como al mineral”. Santos Ortega, J.A.: Sociología del Trabajo, Valencia, Tirant lo Blanch, 1995, pág. 49-50.
[4] Arendt, H.: La condición humana, Madrid, Paidós.
[5] Bauman, Z.: Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Barcelona, Gedisa, 2000, págs. 34-35.
[6] Bauman, Z. (2000): op. cit., pág. 36: “Si la sujeción de la población masculina a la dictadura mecánica del trabajo fabril era el método fundamental para producir y mantener el orden social, la familia patriarcal fuerte y estable, con el hombre empleado (“que trae el pan”) como jefe absoluto e indiscutible, era su complemento necesario”.
[7] Santos Ortega, J.A.: op. cit.; pág. 36.
[8] Pérez Adán, J.: “Trabajo y sociedad” en Nemesio, R., Pérez Adán, J. y Serra, I.: Organización y trabajo. Temas de sociología de la empresa. Valencia, Nau Llibres, 1992, cap. 4.
[9] Sotelo, I.: “Un desempleo perpetuo”, en El País, 22.10.2002
[10] Sarriés, L.: Sociología de las relaciones industriales en la sociedad postmoderna, Zaragoza, Mira, 1993, pág. 93.
[11] García Ferrando,M., Poveda, M., Sanchís, E. y Santos, A.: “Trabajo y ocio en la sociedad contemporánea” en García Ferrando, M. (coord.): Pensar nuestra sociedad, Valencia, Tirant lo Blanch, 1995, pág. 325.
[12] Prieto, C.: “Trabajo y orden social: de la nada a la sociedad de empleo (y su crisis)” en Revista Política y Sociedad, nº 34 , monográfico Qué es el empleo, mayo-agosto 2000, pág. 27.
[13] Miguélez, F.: “¿Por qué empeora el empleo?” en Revista Sistema 168-169: La degradación del trabajo, julio 2002, pág. 40.
[14] Sabel,, Ch.: Trabajo y política: la división del trabajo en la industria, Madrid, Mº de Trabajo y S.S., 1986, cap. 5. “¿El final del fordismo?”.
[15] Lee, E.: “Mundialización y empleo: ¿Se justifican los temores?” En Revista Internacional del Trabajo, vol. 115 (1996), núm. 5, pág. 530
[16] Navarro, V.: “¿Están los Estados perdiendo su poder con la globalización?” en revista Sistema 155-156 El legado de Keynes, abril 2000.
[17] Fitoussi, J-P.: “¿La Bolsa o el empleo?” en El País 10.6.2001, pág. 16.
[18] Miguélez, F.: op.cit. pág. 44.
[19] Castillo, J.J.: A la búsqueda del trabajo perdido, Madrid, Tecnos, 1998.
[20] Susan George: en su conferencia “Una breve historia del neoliberalismo: veinte años de economía de élite y de oportunidades emergentes para el cambio estructural” pronunciada en la Conferencia sobre Soberanía Económica, Bangkok, marzo de 1999, disponible en http://www.ugt.es/globalizacion/susan1.htm afirma que de “dos tercios a tres cuartos de todo el dinero denominado “Inversión Extranjera Directa” no se dedica a inversiones nuevas para la creación de trabajo sino a las Fusiones y Adquisiciones que casi siempre invariablemente resultan en pérdidas de empleos”.
[21] Bilbao, A.: Obreros y ciudadanos. La desestructuración de la clase obrera, Madrid, Trotta.
[22] Paramio, L. “¿Hasta cuando la globalización?” en El País, 25.7.2001.
[23] A la que no es ajena la conversión de los partidos políticos en “máquinas de ganar votos” que han de centrarse para llegar al poder, perdiendo, por tanto, alguna de sus señas de identidad tradicionales.
[24] Alonso, L.E.: “Los nuevos movimientos sociales” en Vidal-Beneyto J. (Ed.) España a debate. II La sociedad. (coord.: Miguel Beltrán), Tecnos, Madrid 1991.
[25] George, S.: op.cit.
[26] pero sometido a procesos de fuerte intensificación del trabajo, víctimas propicias para el estrés y las nuevas enfermedades mentales. Ver el artículo “El estrés, una `no enfermedad´ muy cara” de Pablo X. Sandoval en El País de 26.1.2003, págs. 30-31: El estrés es un problema de adaptación a nuestro entorno que está en el origen del 50% de todas las bajas laborales de la Unión Europea.
[27] Ritzer, G.: La Mcdonalización de la sociedad: un análisis de la racionalización en la vida cotidiana, Barcelona, Ariel, 1996.
[28] Se alude a sentencias emitidas en Barcelona y Pontevedra (al menos) en noviembre de 2003.
[29] Peña, M.: “Sí, es verdad, los lunes al sol” en El País, 21.10.2002, pág. 16.
[30] Miguélez, F.: op. cit., pág. 45.
[31] Castells, M.: “Empleo, trabajo y sindicatos en la nueva economía global” en http://www.ugt.es/globalizacion/mcastells.htm; octubre de 1996
[32] Castells, M.: Íbidem.
[33] Cortina, A. y Conill, J.: “Cambio en los valores del trabajo” en Revista Sistema 168-189, La degradación del trabajo, julio 2002, págs. 11-12 .

[34] James Wolfenshon, Presidente del Banco Mundial: “Si no actuamos ya, en los próximos años las desigualdades serán gigantescas y se convertirán en una bomba de relojería que estallará en la cara de nuestros hijos”. Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001: “Creo que la globalización –la supresión de las barreras al libre comercio y la mayor integración de las economías nacionales- puede ser una fuerza benéfica y su potencial es el enriquecimiento de todos, particularmente los pobres; pero también creo que para que esto suceda es necesario replantearse profundamente el modo en el que la globalización ha sido gestionada”. Michel Camdessus, ex Director General del Fondo Monetario Internacional: “No hay que considerar el mercado como una divinidad a la que hay que adorar. Se ha visto que el mercado solo, sin regulación pública eficiente, no funciona bien y puede crear situaciones sociales y de poder destructoras para la democracia y para el mismo mercado”
[35] Cortina, A. y Conill, J.: op. cit., pág. 14.
[36] Aluden a la obra de Richard Sennet, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000.
[37] “La extinción de la mujer cuidadora” a la que aludía Adela Cortina en El País 23.11.1999 lleva a que en nuestras sociedades productivistas se haga tan dificultosa la atención a muchos padres dependientes que éstos ven, inermes, cómo el tradicional respeto y la gratitud hacia aquellos por quienes disfrutamos del don infinito de la vida se trueca en una creciente contrariedad al carecer de medios para atenderlos.
[38] Rocher, G.: Introducción a la sociología general, Barcelona, Herder, 1987.
[39] Del Campo Urbano, S.: La Sociología científica moderna, Madrid, Instº Estudios Políticos), pág. 27.
[40] Gil Villa, F.: La exclusión social, Barcelona, Ariel, 2002.
[41] Rifkin, J.: La era del acceso, Barcelona, Paidós, 2000.
[42] Jackson, G.: “¿Qué puede hacer la gente?” en El País, 10.11.2003, pág. 13.
[43] Cortina, A. y Conill, J.: op. cit., pág. 15.
[44] Castillo, J.J.: “Trabajo del pasado, trabajo del futuro: por una renovación de la Sociología del Trabajo” en Castillo, J.J. (Editor): El trabajo del futuro, Madrid, Editorial Complutense, 1999.
[45] Gil Villa, op. cit., pág. 57.
[46] Que aprobó la Asamblea General de la ONU en 1948: su artículo 1, reza así: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.
[47] Y ningún individuo es libre si no puede elegir qué hacer con su vida, si deviene inevitablemente obligado a cumplir con un estatus teóricamente adquirido pero realmente adscrito.
[48] Pero reaccionando ante las consecuencias negativas de ésta tratando de paliarlas.

La ética del trabajo

A. Ruiz Retegui


a) INTRODUCCION

Ámbitos de significación del término "trabajo"

La palabra trabajo -o sus equivalentes- tiene un origen remoto, pero su ámbito de significación ha experimentado variaciones importantes a lo largo de la historia. Por eso no resulta muy útil hacer análisis etimológicos. Aún hoy, lo significado con esa palabra es tan variado que no parece pertinente tratar de establecer una definición precisa. Esto supone una cierta dificultad, pero a la vez exige realizar una reflexión sobre la realidad, que es de gran interés.

La razón que nos impulsa a evitar tomar como punto de partida una definición exacta del trabajo, es que el trabajo se ha convertido en los últimos siglos en la referencia fundamental para el entendimiento de la articulación social y consiguientemente, de modo especial a partir de Marx, para la actividad política. Como la actividad política es la más amenazada por la embestida ideológica, el trabajo mismo resulta muy frecuentemente entendido desde una perspectiva ideológica. En nuestro mundo cultural el trabajo viene a ser una realidad frecuentemente nombrada, pero escasamente observada en su verdadera realidad y en su amplitud de significación humana.

Por eso nos proponemos explícitamente dirigir nuestra atención al trabajo para captarlo lo más fielmente posible. Es muy probable que las consideraciones nuestras, precisamente por pretender alcanzar con fidelidad la amplia realidad del trabajo, concluyan en una exposición orgánica no perfectamente estructurada. Esto no es una limitación que deba inquietarnos, pues la unidad de las consideraciones que se hacen en el pensamiento no debe buscarse tanto en la mera coherencia interna de la construcción intelectual cuanto en la coherencia con la realidad que se trata de entender.

Desde un punto de vista más bien descriptivo, puede afirmarse -manteniéndonos en un nivel muy general- que las múltiples significaciones de la palabra trabajo coinciden todas en tener que ver con la acción humana. El lenguaje ordinario denomina "trabajo" a cierto tipo de acciones humanas, no a todas. También se designa con esa palabra al resultado de las acciones que reciben esa denominación (por ejemplo, cuando se dice que un ensayo es "un buen trabajo", o que hay que entregar "un trabajo sobre la termodinámica de la evolución). Así mismo se llama trabajo al objeto de esas acciones humanas (por ejemplo, cuando decimos que nos hemos propuestos "un trabajo para el fin de semana").

No cualquier actividad humana es denominada trabajo: hay acciones humanas que no se denominan así. La delimitación entre estos dos tipos amplios de acciones no es fácil, y requiere consideraciones más detalladas.

La amplitud de tipos de acción que son denominadas trabajo nos remite a cuestiones importantes y fundamentales de antropología de la acción humana y de la configuración social. Las formas de actividad propiamente humana son muy variadas y, en su fundamento, muestran las diversas características de la condición humana (1).

Por su condición de ser corporal vivo, el hombre ha de realizar actividades en las que atiende al "metabolismo de la vida": come, se lava, se protege del medio, etc. Correspondientes a este ámbito de la actividad humana hay algunas acciones que se denominan trabajo y otras no: comer es una acción humana que no es calificada como trabajo, pero preparar la comida a veces sí.

Para realizar esas actividades el hombre cuenta con razón y manos que vienen a sustituir la deficiencia que tiene el hombre respecto a los animales en lo que se refiere a la dotación instintiva. Por su razón y sus manos el hombre no sólo realiza esas acciones de un modo libre, no estrictamente predeterminado, sino que es capaz de usar instrumentos en cuanto tales, y por tanto, es capaz también de idearlos y construirlos. Este "hacer instrumentos" o "fabricar cosas" es considerado también trabajo, algunas veces, quizá la mayoría.

Aunque la denominación de trabajo sea común a los dos tipos de actividades que hemos referido hasta ahora, hay que reconocer que existe una diferencia importante: aunque, en principio, la acción de fabricar instrumentos vaya en ayuda del metabolismo de la vida, no está totalmente determinada por las exigencias de ese proceso ni se sume completamente en él. El metabolismo de la vida es proceso, mientras que esos productos fabricados como instrumentos permanecen estables al lado del proceso de la vida al que ayudan. Esos objetos estables, expresión permanente de la racionalidad libre que los ha creado, configuran un "mundo" estable, constituido por objetos, cosas permanentes.

La diferencia entre los dos tipos de actividades que hemos considerado se manifiesta patente, pues el "trabajo", por ejemplo, de un cocinero, o de un encargado de limpieza, o incluso de un médico, no deja nada tras de sí: es actividad que se sume completamente en el proceso vital, y por tanto, son actividades que nunca se acaban como no se acaba el proceso de la vida. Quienes realizan esos trabajos no pueden mostrar su "obra". Por el contrario, quienes fabrican cosas que duran, sí pueden mostrar lo que han hecho: un arquitecto o un escritor, al poder mostrar una obra estable, alcanzan en su actividad una dimensión que no aparecía en el caso anterior.
Aún encontramos un tercer tipo de actividades que también se denominan trabajo, aunque aparecen muy distantes de las anteriores. Son las actividades que se derivan no simplemente del carácter metabólico-corporal de la vida del hombre, sino de su carácter plural. En efecto, la condición plural no es accidental para el hombre, y su vida no es simplemente vida "junto a" otros hombres, sino en el sentido profundo, que hemos visto en el capítulo anterior, es verdaderamente "convivencia". La condición plural es fundamento de actividades específicas y variadas, algunas de las cuales se denominan a veces trabajo. Así las actividades ordenadas a la propia organización de la pluralidad humana, que no está como en los animales "sociales" -abejas, etc.- predeterminada por la naturaleza, y requiere la actividad inteligente y libre del hombre, suelen ser denominadas trabajo. Trabajo son en este sentido la actividad propia de políticos, gobernantes, economistas, juristas, etc. Hay también otras actividades humanas que sin ordenarse a la organización de la pluralidad tienen en la pluralidad humana su razón de ser como son las múltiples formas de actividades educativas. Trabajo en este sentido es la actividad del maestro, y la del discípulo. Sin embargo, la actividad de los padres que educan a sus hijos no suele denominarse trabajo. Algunas actividades humanas que nacen directamente de la pluralidad, como pasear y conversar con los amigos, participar en juegos colectivos, etc. no se denominan en principio trabajo.


Sentido social del trabajo: la profesión
En el párrafo anterior hemos subrayado las expresiones a veces, algunas veces, suele, en principio, porque manifiestan que las consideraciones realizadas en un nivel de reflexión que podríamos denominar individual o esencial abstracto, se muestran insuficientes cuando las comparamos con la consideración que de ellas se hace en la convivencia entre los hombres tal como se expresa en el lenguaje ordinario.

En efecto, la actividad humana de conversar con los amigos no es considerada trabajo generalmente, pero la amistosa charla del maestro con el discípulo que acude a consultarle o con sus colegas, sí suele ser considerada trabajo en el ámbito correspondiente. Sólo una visión muy restringida y productivista de la universidad podría conducir a menospreciar los momentos de comunicación directa y amistosa. Por supuesto que esas conversaciones pueden hacerse banales y, en ese sentido, constituir una "pérdida de tiempo", pero ¿quién en un ambiente universitario podría negar el calificativo de trabajo a la actividad que se desarrolla en una conversación de seminario?

Análogamente jugar al ajedrez o al fútbol no será considerado trabajo si quien lo realiza lo hace por puro esparcimiento, pero sí es considerado trabajo si el que lo realiza, lo tiene como profesión.

Como profesión. He aquí una palabra estrechamente vinculada con nuestra noción de trabajo: profesión. Incluso puede afirmarse que el trabajo se determina en su significación propia cuando se le califica como trabajo profesional.

Parece que al formar nuestra noción de trabajo no tenemos ante la mirada sólo el individuo humano con sus facultades operativas, sino que implícitamente alcanzamos a la persona como inscrita en la pluralidad, en la sociedad humana.
Concebir el trabajo como profesión, calificarlo como trabajo profesional, quiere decir que la actividad humana denominada trabajo no se considera sólo desde su raíz, en las facultades operativas del hombre, sino desde el contexto social. Una actividad humana, lo podemos afirmar, es considerada trabajo profesional cuando se ejercita, y en cuanto se ejercita, formando parte del contexto social, es decir, en cuanto se inscribe en el conjunto de funciones de la sociedad, a través de las cuales la misma sociedad se autoconstituye se automantiene, se autodesarrolla.

La misma actividad, considerada desde el punto de vista de la persona individual, transformarse de ser un mero esparcimiento, o incluso una pérdida de tiempo, a ser un trabajo reconocido, profesado ante los demás cuando, por ejemplo, es aceptado por algún núcleo social, y consecuentemente, remunerado.

En la sociedad en que vivimos no es pues el trabajo el que produce los medios para vivir. No hay una relación inmediata y directa entre la actividad que se realiza y esos medios. La relación está mediada por la función de la sociedad en su conjunto, que acoge la actividad de cada uno, y, como conjunto, produce los bienes que reparte en forma de salario. Por esto, podría afirmarse que, en cierto modo, recibir un sueldo es lo que en nuestra sociedad eleva una actividad a la categoría de trabajo profesional. Esa inversión de causalidades está en la base misma de gran parte de los conflictos personales y sociales en torno al "mundo del trabajo".

En esta perspectiva en que nos movemos, puede ser trabajo no hacer casi nada: la denominación de trabajo no se da a una actividad atendiendo a su propia naturaleza intrínseca, ni siquiera el tener de suyo una finalidad distinta de la propia actividad. "Tener trabajo" no nos dice casi nada sobre la cualidad intrínseca de la actividad de la persona, sino más bien de su integración dentro del conjunto social.

Ciertamente si se absolutiza el carácter de profesión del trabajo, el trabajo mismo resulta totalmente funcionalizado en el conjunto de la sociedad y en consecuencia la persona misma queda, en ese aspecto, absorbida por la colectividad. Pero aquí se está señalando un aspecto importante que no puede ignorarse si se trata de atender a la realidad.
La perspectiva colectivista es fuertemente reduccionista, pero también es inadecuado tratar la cuestión del trabajo desde una perspectiva esencialista, es decir, desde la pura esencia metafísica del hombre, que inevitablemente considera al hombre en universal y, por tanto, como uno. Si queremos hacer justicia a la realidad del trabajo es necesario una atenta consideración de la pluralidad humana, como peculiarísima pluralidad de "seres únicos", es decir, de personas absolutamente dignas, que constituyen cada una de ellas, un todo de sentido.

La noción de trabajo, lo mismo que la expresión bíblica "dominad el mundo" no remite únicamente a la persona individual y a sus potencias activas.

El significado humano del trabajo
Encontrar una significación o sentido a algo quiere decir situarlo en una relación intrínseca con una "fuente de sentido". Cuando alguna realidad se considera como significativa por sí misma, las demás adquieren su significación por su conexión con ella. Esa conexión puede ser de diverso tipo: de unión intrínseca, de finalidad, de perfección, etc.

Así por ejemplo, cuando lo que se considera significativo por sí mismo es el dinero (en cuanto permite hacer lo que se quiere: lo cual quiere decir que lo significativo por sí mismo en el fondo es lo que quiera proponerse la libertad incondicionada, no el dinero), cualquier actividad adquiere significación, está suficientemente justificada, cuando se consigue mostrar su conexión con el dinero. Mientras esa conexión no se ha alcanzado, las significaciones parciales siguen reclamando un "para qué".

La fuente de significación auténtica ha de ser algo que tenga la cualidad de ser valioso por sí mismo y no en función de otra cosa, es decir, no ha de ser un "valor relativo a otra cosa" sino un "valor no relativo", "un valor absoluto". El único bien absoluto que hay en el mundo creado por Dios es la persona humana en cuanto tal. En cuanto tal, es decir, como tal persona humana y no como mero medio para hacer otras cosas, o como capaz de entender o de producir obras de arte.
Entender cabalmente una realidad es, pues, ponerla en conexión con lo humano en cuanto tal. En estas páginas trataremos de encontrar la relación que el trabajo del hombre tiene, no con la producción de bienes de consumo, o con la conservación del medio ambiente, o con el mantenimiento de las democracias liberales, sino con la propia humanidad del hombre. ¿Cómo es esta relación? ¿Existe de verdad? ¿Es una relación necesaria? Aún si el hombre tuviera todas sus necesidades cubiertas ¿tendría que trabajar? ¿Qué significa entonces el trabajo? Si parece que en todas las actividades que se denominan trabajo el significado inmediato se toma de lo que se causa fuera de la misma persona ¿cómo es afectada la persona?

Adelantando, de un modo muy general aún, lo que veremos más adelante podemos decir que el núcleo del problema sobre la cuestión humana del trabajo radica en establecer de un modo teóricamente claro -y que pueda orientar la práctica concreta- la relación entre la dimensión productiva de la actividad y la dimensión inmanente o de afectación al hombre

EL SENTIDO DEL TRABAJO PROFESIONAL

Chalmeta, Gabriel(Author). Ética Social. Familia, Profesión y Ciudadanía.
España: EUNSA, 2004. p 148.


a) El sentido primario del trabajo profesional

El significado que el trabajo tiene en el conjunto de la vida de cada persona, su porqué más radical, no puede ser distinto que el de cualquier otra actividad humana: responder a su vocación a la vida buena. Sin embargo, si razonásemos a partir de esta consideración aislada, omitiendo la reflexión global acerca de las actividades que el hombre ha de realizar para vivir bien, sería fácil llegar algunas conclusiones erróneas sobre el sentido del trabajo profesional. Concretamente, esa desatención podría llevarnos a una percepción tendencialmente totalitaria de la relevancia ética que tiene esta actividad —muy difundida, por desgracia, en nuestra cultura: «todo en función del éxito profesional».

Para no incurrir en un error teórico o práctico de este tipo, es necesario tener presente que entre los muchos bienes que integran la vida buena, los más esenciales (amor-afecto interpersonal y consejo amistoso) sólo pueden obtenerse como resultado de nuestro comportamiento en el ámbito de las comunidades de amistad.

Por esta razón, el objetivo primario que la persona debería perseguir con todas sus actividades sociales, profesionales o de otro tipo es el nacimiento y subsistencia de estas comunidades, asegurando la propia integración armónica en alguna o algunas de ellas (comenzando por la familia); mientras que esas otras actividades sociales vienen «después».

El sentido primario del trabajo profesional es, por tanto, el que se manifiesta cuando examinamos este fenómeno desde la perspectiva de las necesidades de los grupos de amistad. Se constata así que las relaciones de colaboración que las personas pueden establecer dentro de estas comunidades son absolutamente insuficientes para satisfacer muchas de las exigencias físicas y culturales de los individuos que las componen y para la subsistencia misma de esos grupos. Resulta necesario que sus miembros —o, al menos, algunos de ellos— se incorporen a un sistema de relaciones más amplio, en el que, a cambio de la propia actividad especializada (técnica) de producción o distribución de bienes de naturaleza física o cultural, obtengan para sí mismos y para las propias comunidades de amistad los otros bienes de esta naturaleza de los que carecen.

Este sistema de relaciones es la sociedad del trabajo, que coincide sustancialmente con el «mercado» de la teoría económica («lugar» de naturaleza ideal en el que se realizan tales intercambios) y con el «segundo sector» de la ciencia sociológica (el «primero» sería el Estado). El dinero, en sus varias modalidades, es el medio —hoy por hoy insustituible— para cambiar unos bienes con otros o, dicho todavía con mayor precisión, para operar el intercambio de la propia actividad profesional con la actividad profesional de los demás componentes del mercado (el dinero, en definitiva, no es otra cosa que trabajo potencial, capacidad de hacer que otros trabajen para mí). En fin, lo que más importa, el sentido primario, aunque parcial, de todas estas realidades —el trabajo profesional, el mercado y el dinero— es satisfacer adecuadamente las necesidades de bienes materiales y culturales de las comunidades de amistad a las que los trabajadores pertenecen, y que estos grupos no pueden obtener por sí mismos.

b) El sentido pleno del trabajo profesional
§ El «deber-ser» más elemental e irrenunciable del trabajo profesional es, por tanto, el que se deriva de su «ser» una actividad que permite dar solución adecuada a la escasez, a la limitación de los medios que el hombre encuentra a su disposición en la Naturaleza y en las comunidades de amistad. Pero, como se habrá intuido, esta concepción del sentido del trabajo profesional no puede considerarse completa ni —por tanto— deben reputarse definitivas e insuperables las conclusiones morales que hasta ahora hemos obtenido. En caso contrario, habríamos, sí, disminuido el riesgo de incurrir en una visión tendencialmente totalitaria del trabajo, pero sólo para acercarnos peligrosamente a otra concepción de signo opuesto, también deformada. Me refiero concretamente a la concepción puramente instrumental de esta actividad propia de quien mira sólo de puertas adentro:

«se ha de trabajar lo estrictamente necesario para permitir una existencia digna a quienes forman parte de mis comunidades de amistad; por lo que se refiere a las demás personas afectadas por mi actividad, habré de limitarme —en el mejor de los casos— a respetar lo estrictamente exigido por la honestidad».

Para evitar este otro tipo de error, nuestra conclusión relativa al sentido primario del trabajo profesional habrá de ser completada teniendo en cuenta que, en realidad, tanto el sujeto activo de esta actividad (el empresario, el obrero, el médico, etc.) como su beneficiario (el obrero en relación al empresario y el empresario en relación al obrero, los clientes en relación a ambos, el paciente, etc.) no sólo son seres afectados por las necesidades materiales y culturales que he venido mencionando. Son bastante más: son seres humanos.

En consecuencia, la sociedad del trabajo se nos presenta como una sociedad de los hombres y para los hombres, como un sistema de relaciones en el que los destinatarios objetivos del proceso productivo protagonizado por el trabajador son siempre, mediata o inmediatamente, otros seres humanos como él e igualmente llamados a realizar su valor inconmensurable de personas en las relaciones interpersonales. Será entonces tarea de cada uno descubrir esta dimensión del trabajo, dirigir y actualizar la intencionalidad en esta dirección y poner en práctica
todas sus implicaciones, sin más límites éticos que los derivados de las exigencias (prioritarias) de sus grupos de amistad.

§ Teniendo en cuenta esta nueva perspectiva, que no anula sino que completa
la precedente, el sentido pleno del trabajo profesional se configura como el
de una actividad:

— cuya finalidad primordial es hacer accesibles a los grupos de amistad de los que el trabajador es miembro aquellos bienes de naturaleza física y cultural que son necesarios para su subsistencia y desarrollo y que por sí mismos no pueden producir;
— y que, además, constituye un ámbito de directa realización del valor de persona del trabajador, que se actualizará en la medida en que con su actividad profesional respete y —en lo posible
— promueva el valor de persona de los demás; una promoción que, en este ámbito, habrá de comenzar por la satisfacción lo más perfecta posible de las necesidades físicas o culturales para las que se ha requerido su intervención y que muchas veces podrá desembocar en las formas de ayuda típicas de las relaciones de amistad.

Se trata de un doble objetivo que, atendiendo a las relaciones recíprocas que origina, podría indicarse de forma sintética como realización del bien común de la sociedad del trabajo.

2. LOS PRINCIPIOS DE JUSTICIA EN LAS RELACIONES PROFESIONALES
Una vez que hemos averiguado qué finalidad tiene el trabajo profesional, estamos en condiciones de explorar la segunda de las cuestiones éticas fundamentales que plantea esta actividad: esto es, la relativa —como se recordará— al mejor modo de realizarla. Esta indagación, es bueno anticiparlo, nos conducirá a las dos siguientes conclusiones generales:
— Toda persona tiene, en principio, el deber y el derecho de realizar un trabajo profesional (apartado a).
— Este deber/ derecho habrá de ejercitarse de modo tal que se promueva el bien común de la sociedad del trabajo (apartado b).

a) El deber/ derecho de realizar un trabajo profesional
§ Hablando en general, se puede afirmar que toda persona adulta está llamada a realizar una actividad especializada de producción o distribución de bienes dentro del mercado, es decir, un trabajo profesional; con una importante excepción: a no ser que lo desaconseje la tarea que esa persona realiza en el seno de las comunidades de amistad. Esta conclusión, así como la relativa salvedad, estaban ya claramente presentes en las conclusiones hasta aquí alcanzadas. Entonces, traduce en un orden de consideraciones que hace aconsejable abrir un nuevo
apartado.

3. RACIONALIDAD ÉTICA Y CIENTÍFICA EN LA DETERMINACIÓN
3. DEL DEBER-SER DEL TRABAJO PROFESIONAL
a) Relaciones entre la racionalidad ética y científica (económica) § La determinación del deber-ser del trabajo profesional, del cuánto y del cómo se ha de llevar a cabo esta actividad, es competencia primordial de la racionalidad ética. Más tarde, pero sólo más tarde, el trabajo profesional podrá y deberá ser examinado recurriendo a la racionalidad científica que es propia de otras ciencias humanas y positivas, cuya contribución es necesaria para fijar ulteriormente el modo más justo de realizarlo. Entre estas ciencias cabría mencionar la Medicina (que nos permitirá, por ejemplo, lograr que las condiciones de trabajo sean salubres), la Arquitectura (ofreciendo soluciones arquitectónicas que contribuyan a la humanización del ambiente de trabajo) o tantísimas otras; pero, sobre todas ellas, destaca la Economía, ciencia humana y positiva que se ocupa de manera más específica del trabajo profesional.

¿Por qué la intervención de todas estas ciencias en la configuración del trabajo es únicamente apropiada en un segundo momento? Porque, en razón de su metodología propia, perciben este fenómeno de un modo objetivante y reductivo: consideran a los sujetos implicados en el trabajo profesional prescindiendo —cada una de las ciencias en diversa medida— de su condición de personas. Si pensamos, por ejemplo, en la racionalidad económica, estas personas sólo se consideraran relevantes en cuanto actores sociales en el rol de «individuos productores o distribuidores de determinados bienes» o en el de «consumidores de los bienes que otros producen o distribuyen». Y, partiendo de esta suposición, la ciencia económica tratará a continuación de individuar las técnicas de intervención en el proceso productivo, distributivo o del consumo que nos permitan optimizarlo, hacerlo más «racional» desde su peculiar punto de vista, que consiste —esencialmente— en responder estas tres preguntas: ¿cómo producir o distribuir nuevos bienes?, ¿cómo producirlos o distribuirlos más eficazmente? y ¿cómo aumentar su consumo?

Ahora bien, siendo la metodología científica ciega al ser de la persona en cuanto tal, no está capacitada para descubrir cuál es el fin que ésta debe conseguir con su actividad y, en particular, con su trabajo profesional. Por esta misma razón, carece también de competencia necesaria para determinar la naturaleza de los bienes que han de producirse o distribuirse o discernir el significado más profundo y completo que el termino «racionalidad» posee en la expresión «producir y distribuir del modo más racional posible». Cuando la racionalidad científica, tanto la económica como la de cualquier otra ciencia positiva o humana, desconoce estos límites de su metodología propia y pretende haber llegado autónomamente a una

Sueldo Ético

Informe Ethos Nº 59 (2008)

El Centro de Ética de la Universidad Alberto Hurtado publicará periódicamente un breve Informe Ethos, ofreciendo una lectura ética de un tema de interés nacional para ayudar en el discernimiento de un juicio moral responsable con vistas a una acción coherente. Se adopta el método ignaciano del triple paso: experiencia (hecho) – reflexión (su comprensión e implicaciones) – acción (sugerencia de principios orientadores): una reflexión sobre la experiencia con miras a una acción consecuente.
1.- Los Informes Ethos (1) no pretenden agotar un tema como tampoco pronunciar una palabra conclusiva. La finalidad es presentar un breve escrito que introduzca elementos éticos, de inspiración cristiana, en el debate nacional sobre temas de interés público para apoyar la formación de un juicio ético correspondiente. Su propósito es poner de relieve la dimensión ética en la discusión sobre temas que inciden en la vida ciudadana y, directa o indirectamente, en cada miembro de la sociedad. En otras palabras, no se pretende pensar éticamente por otros sino estimular a otros para pensar éticamente.
1.- El hecho
1.- El 1 de agosto de 2007, Mons. Alejandro Goic Karmelic (Obispo de Rancagua), después de haber realizado un rol mediador en el conflicto de Codelco, llamó a analizar las escandalosas diferencias económicas que existen en el país, advirtiendo que en la ausencia de una mayor justicia social se pavimentará el camino inevitable al conflicto.

Por ello, hizo un llamado para un diálogo nacional sobre la deuda permanente con los más pobres de Chile. Si bien reconoció avances, constató que aún faltaba dar pasos.

2.- Así, lanzó la pregunta que remeció el país: ?Es posible vivir con un sueldo mínimo de $135.000 pesos? En consecuencia, Mons. Alejandro Goic propuso que el sueldo mínimo debería ser transformado en un sueldo ético, en el sentido de que todos los que puedan, no paguen el sueldo mínimo legal, sino que por lo menos éste alcance a los $250.000 pesos.

3.- Las reacciones, a favor y en contra, no se dejaron esperar y surgió un debate nacional, reflejado en todos los medios de comunicación social. El 23 de agosto del mismo ano, la Presidente Michelle Bachelet constituyó el Consejo Asesor Presidencial en Materias de Trabajo, Salario, Competitividad y Equidad Social: Hacia un Chile más justo,

conformado por 48 figuras públicas, con la tarea de preparar un informe final (marzo 2008) con propuestas concretas, que el Gobierno utilizaría como base para buscar “la forma de alcanzar la confluencia de voluntad de los diversos sectores políticos y sociales, con el propósito de dar origen a un Pacto Social por el Desarrollo”.
2.- La comprensión del hecho
4.- La relevancia y la comprensión de las palabras de Mons. Alejandro Goic exigen considerar la realidad del mundo del trabajo (el contexto) y el significado exacto de sus dichos (el texto). La Encuesta Casen 2006 del Ministerio de Planificación (MIDEPLAN) iluminaría el primer punto, mientras que su intervención en el Encuentro sobre Desigualdad Social, organizado por la Unión Social de Empresarios Cristianos (USEC) y el Diario El Mercurio (24 de octubre de 2007), como también un discurso del mismo Mons. Alejandro Goic (18 de septiembre de 2007) explicarían el sentido exacto de sus afirmaciones.

5.- En la última Encuesta Casen (Caracterización Socioeconómica Nacional, 2006) se constata que el total de ocupados es de 6.578.325. De este total, el 75.7% (4.977.834) son asalariados y el 24.3% (1.600.491) son no asalariados. Ahora bien, el 16.2% (1.066.454) del total del mundo del trabajo gana menos o igual a un salario mínimo líquido, es decir, 108.000 pesos (se resta el 20% de 135.000 pesos para calcular el ingreso recibido, es decir, líquido). Además, el 52.7% (3.465.643) de los trabajadores gana menos del salario ético propuesto por Mons. Alejandro Goic 1.
Por consiguiente, resulta muy relevante la problemática propuesta por el Obispo porque afecta directamente a más de la mitad del mundo del trabajo.

6.- Durante el Encuentro sobre Desigualdad Social realizado en el mes de octubre, Mons. Alejandro Goic explica que la formulación de una cantidad concreta (250.000 pesos) era simbólica, ya que “si no hubiera dado una cifra, probablemente el debate no se hubiera puesto en el tapete”. Además, deja en claro que “soy observador de la realidad, no soy político ni economista… Soy un pastor que está cerca de la gente, que procura escuchar a la gente”2.
7.- El 18 de septiembre de 2007, en la Homilía pronunciada durante el Te Deum de Fiestas Patrias celebrada en la Catedral de Rancagua, Mons. Alejandro Goic toca el tema Por una Patria más equitativa. Por de pronto, llama la atención las dos citas bíblicas que encabezan la Homilía: He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto (cf. Ex 3, 1 – 12), y Denles ustedes de comer (cf. Mc 6, 31 – 44). En parte de la Homilía se explica el qué dijo sobre el sueldo ético y el por qué lo dijo.

8.- Como Pastor, explica Mons. Alejandro Goic, le corresponde sensibilizar sobre el desafío de la equidad y de mayor comunión, senalando la necesidad de un salario ético como un imperativo de justicia y una urgencia para la necesaria paz social. Es el mismo Evangelio que interpela la conciencia del ciudadano. Obviamente, no se dice una palabra “como técnicos en la materia, porque no lo somos”. Sin embargo, no deja indiferente el sufrimiento de tantos hombres y mujeres (trabajadores, jubilados, pensionados y montepiados) que no logran vivir con dignidad si no acceden a un ingreso que permita a una familia satisfacer sus necesidades básicas acordes con la naturaleza de quienes son hijos de Dios.

9.- “Al plantear este grave problema que, si bien aqueja al conjunto de nuestra sociedad, lo sufren los más pobres”, aclara el Prelado, “no somos más que el eco de la Palabra de Dios que nos interpela cuando dice: Miren, el salario de los obreros que segaron sus campos, y que no han pagad, está gritando, y los gritos de sus segadores han llegado a los oídos del Senor (Sant 5, 4)”. En la Doctrina Social de la Iglesia emerge con claridad la responsabilidad social de todos los católicos y el deber de los Pastores de proponerla a todos y de colaborar para que el conjunto de la sociedad de pasos de mayor justicia y fraternidad.
10.- ?Cómo puede alguien creer en Dios, comunión de amor del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, si no se es obrero de la comunión entre los seres humanos y de éstos con Dios? Así, sostiene Mons. Alejandro Goic, “los creyentes en Jesucristo tenemos la misión de estar allí donde la común–unión en cualquiera de sus formas es amenazada y, por tanto, menoscabada la dignidad del ser humano. Allí es misión de la Iglesia defender esa dignidad humana y anunciar el designio de común–unión que Dios tiene para todos los hombres y mujeres”.
11.- En concreto, esto significa que “en ocasiones hemos tenido que hacerlo a causa de graves violaciones de los derechos humanos; en otras ocasiones cuando el derecho a la vida es amenazado, especialmente en los más pequenos e indefensos a causa del aborto; en otras, cuando hay políticas públicas que debilitan a la familia o no contribuyen a una real educación de ninos y jóvenes. Del mismo modo, nuestro llamado a todos los sectores de la sociedad a buscar un salario ético se inserta en esta corriente de promoción de la dignidad humana que anima al designio de comunión entre Dios y los hombres”.

12.- El respeto por la dignidad de todas las personas implica necesariamente una mejor distribución de los bienes, asegurando un salario justo. “En realidad, y sin eufemismos”, afirma el Prelado”, “!lo mínimo para que un salario sea mínimo es que sea ético, si no es así significa que estamos viviendo en una sociedad inmoral!” No es correcto resignarse a aceptar la inequidad y la injusticia social como simples datos de la realidad. No se puede separar la ética de la vida ni de la economía.

13.- La propuesta de un salario ético se sitúa en el contexto más amplio de considerar al país como una patria para todos. Este desafío exige repensar, desde la responsabilidad ética que corresponde a cada uno, qué tipo de sociedad se desea vivir, qué tipo de desarrollo se busca, qué tipo de crecimiento se anhela, qué tipo de empresas se pretende desarrollar, qué tipo de conocimientos se desea promover, qué tipo de vida política y de políticos se aspira, qué modo de relacionarse se quiere cultivar; en una palabra, qué Chile se desea vivir y qué futuro entregar a las próximas generaciones.

14.- “En el Evangelio”, concluye Mons. Alejando Goic, “se nos recuerda que en medio de los complejos desafíos de la historia, el Senor nos hace responsables de las situaciones, asegurando su presencia, pero invitándonos a actuar nosotros. En realidad, la situación de los discípulos era casi desesperada: cómo alimentar a una multitud en un lugar despoblado y sin medios suficientes para ello. La respuesta de Jesús es un desafío a la libertad y responsabilidad de los discípulos: denles ustedes de comer (Mc 6, 37)”.
3.- Implicaciones éticas
15.- La preocupación y las palabras de Mons. Alejandro Goic no sólo reflejan fielmente el pensamiento social de la Iglesia, sino se insertan dentro de la corriente de la tradición eclesial del episcopado chileno. Así, ya en 1937 se encuentra una Carta Pastoral del Episcopado Chileno sobre El justo salario (15 de enero de 1937)3. Esta Pastoral de los Obispos Chilenos recoge las ensenanzas de las primeras dos encíclicas sociales:
León XIII, Rerum Novarum (15 de mayo de 1891), y Pío XI, Quadragesimo Anno (15 de mayo de 1931).

16.- “Siguiendo el ejemplo del Maestro Divino”, comienza la Carta Pastoral, “lleno de compasión por las muchedumbres que lo escuchaban, y marchando sobre las huellas de Nuestra Santa Madre la Iglesia, que en diecinueve siglos de existencia ha dedicado preferente atención a todos los que padecen en este mundo, los Obispos Chilenos no podemos, venerables hermanos en el sacerdocio y amados hijos todos en el Senor, mirar sin profunda angustia la penosa situación creada a una parte numerosa de la porción predilecta de Cristo, de los pobres, de los obreros, que en tan gran número padecen aquella inmerecida miseria”.
17.- Esta miserable condición “en parte, se debe a los mismos obreros, que aprovechan mal el dinero que ganan”; pero, “asimismo, hemos de reconocer con dolor que la triste condición de los obreros resulta, en muchas ocasiones, del proceder de los que se aprovechan de su trabajo”.

18.- Los obispos recuerdan que el régimen del salario no es en sí injusto. Sin embargo, la justicia del salario no depende del simple acuerdo entre el patrón y el obrero. “Efectivamente, sustentar la vida es deber común a todos y a cada uno y faltar a ese deber es un crimen. De aquí necesariamente nace el derecho de procurarse aquellas cosas que son necesarias para sustentar la vida; estas cosas no las hallan los pobres sino ganando un jornal con su trabajo. Por consiguiente, aún concedido que el obrero y su amo convienen libremente en algo y particularmente en la cantidad del salario, queda, sin embargo, una cosa que dimana de la justicia natural y que es de más peso y anterior a la libre voluntad de los que hacen el contrato, y es ésta: que e1 salario no debe ser insuficiente para la sustentación de un obrero frugal y de buenas costumbres. Y si acaeciese alguna vez que el obrero, obligado por la necesidad y movido por el miedo de un mal mayor, aceptase una condición más dura y, aunque no lo quisiera, la tuviese que aceptar por imponérsela el amo o el contratista, sería eso hacerle violencia, y contra esa violencia reclama la justicia”.
19.- Ahora bien, para determinar la cuantía del justo salario hay que atender al carácter individual y social del trabajo. Por consiguiente, por una parte, “hay que dar al obrero una remuneración que sea suficiente para su propia sustentación y la de su familia”. Por otra, “atender a la situación de la empresa y del patrón”, ya que sería injusto pedir salarios desmedidos que la empresa no pudiera soportar.

20.- Una tercera condición para determinar la cuantía del justo salario es la atención al bien común, o al bien público económico. El principio del bien común exige que obreros y empleados, mediante el ahorro, lleguen a formarse un modesto capital; que se evite la ruina de las empresas que dan trabajo a los obreros; que todos los que deben y pueden trabajar tengan trabajo para sustentarse y que, por lo mismo, se eviten los salarios insuficientes y también los demasiado elevados que dejarían sin trabajo a los obreros; y que se procure establecer una justa proporción entre los salarios y los precios de venta de las distintas industrias.
21.- Establecidos los principios generales, se pasa, en la Segunda Parte de la Carta Pastoral, a explicitar algunos medios para asegurar un salario justo. Así, se plantea la pregunta por el quién debe satisfacer el derecho del obrero de ganar el justo salario. “Por justicia estricta, que cuando es violada, obliga a la restitución, lo debe pagar el patrón o empresario, al menos en la parte equivalente al servicio prestado por el obrero… A él también le toca, cuando le es posible, dar el salario suficiente para la familia: pero si alguna vez no le fuera posible, a la sociedad le tocará proveer, porque, al menos, es obra de justicia social; pues el obrero, con su trabajo, no sólo beneficia al patrón, sino también a la sociedad y ésta tiene sumo interés en la familia del obrero, que la provee y proveerá de labradores de sus riquezas y bienestar”.
22.- También se establece la responsabilidad del Estado con relación al salario justo. “Por lo que toca a la intervención del Estado, según las ensenanzas Pontificias, fundadas en la recta razón y en la fe, debe tener por fin y medida el bien común, objeto propio de la Autoridad Civil… Ahora bien: es parte tan esencial de ese bien común el bienestar de los obreros y con él la paz, el orden y el bienestar de todo el cuerpo social, que los Sumos Pontífices declaran repetidas veces que a la Autoridad Civil le toca cuidar especialmente a los pobres, de que tengan el justo salario, y de que se establezca un régimen social en que se les asegure una justa participación en las riquezas que contribuyen a producir… Aunque en la protección de los derechos de los particulares débense tener en cuenta principalmente los de la clase ínfima y pobre; porque la clase de los ricos, como que se puede defender con sus propios recursos, necesita menos del amparo de la pública autoridad; el pobre pueblo, como que carece de medios propios con qué defenderse, tiene que apoyarse grandemente en el patrocinio del Estado (cf. R.N. 57). Por consiguiente, es no sólo derecho, sino deber del Estado proveer con prudente legislación que al obrero se le garantice una justa retribución para satisfacer sus necesidades individuales y familiares, espirituales y temporales”.
23.- La responsabilidad de los empleadores consiste en “esforzarse en cumplir para con sus obreros o empleados, en cuanto les sea posible, además de los deberes de estricta justicia, los de justicia y caridad sociales”. También se senala la responsabilidad del trabajador. “Los obreros, por su parte, procuren emplear bien su dinero, en satisfacer las necesidades de la familia y propias, según su condición, empenándose, al mismo tiempo, en hacer que les permitan mirar con tranquilidad su porvenir y el de sus hijos… También los obreros han de estar penetrados de espíritu de justicia y de caridad, cumpliendo bien, a conciencia, sus contratos y considerando en sus exigencias las posibilidades razonables y justas con que se les podrá atender, sobre todo cuando, como a tantos sucede en los tiempos de crisis, se paraliza el comercio y se perturban o paralizan también las industrias y a los empresarios amenaza la ruina, con la cesantía consiguiente para los mismos obreros y empleados”.
24.- A la Iglesia le corresponde “en primer lugar, ensenar los principios religiosos y morales a que se ha de ajustar la actividad social pública y privada, de los patrones y de los obreros, y, en seguida, juzgar si esas actividades, instituciones o leyes, son o no conformes a los principios que ensena”.

25.- Los obispos terminan con un llamado a los católicos: “Ojalá, amados hijos en el Senor, no hubiera en nuestra querida Patria uno sólo de esos patrones o empresarios que se llaman católicos y que, sin embargo, en sus relaciones con sus trabajadores, se portan como paganos”. Y, recurriendo a las palabras de Pío XI, insisten: “Hay, además, quienes abusan de la misma Religión y se cubren con su nombre en sus exacciones injustas, para defenderse de las reclamaciones completamente justas de los obreros. No cesaremos nunca de condenar semejante conducta; esos hombres son la causa de que la Iglesia inmerecidamente, haya podido tener la apariencia y ser acusada de inclinarse de parte de los ricos, sin conmoverse ante las necesidades y estrecheces de quienes se encontraban como desheredados de su parte de bienestar en esta vida” (Quadragesimo Anno, No 125).
26.- También se dirigen a los sacerdotes recordándoles su responsabilidad en “dar a conocer las ensenanzas de la Santa Iglesia sobre las relaciones del capital con el trabajo, sobre todo en lo tocante al salario, y con ello se disiparán os prejuicios que la ignorancia o la calumnia han hecho nacer en el pueblo contra la Iglesia y contra el Clero, como si fuéramos defensores de las injusticias de los ricos para con los pobres, o quizás, a veces también, de pretensiones injustas del trabajo contra el capital… Y si alguna preferencia hemos de tener, ella ha de ser por los pobres y desvalidos, como la tuvo el Senor, por lo mismo que son los más necesitados”.


4.- Implicaciones éticas
27.- La importancia del sueldo como fuente de ingreso para muchas familias resulta evidente. “El empleo es el vínculo más importante entre el desarrollo económico y el desarrollo social”, constata un estudio de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Naciones Unidas), “por ser la principal fuente de ingreso de los hogares, alrededor del 80% del total en nuestra región. Las posibilidades de acceder a él, la retribución, la cobertura y la protección social de los trabajadores inciden en forma decisiva en el nivel y la distribución del bienestar material de la población. Por lo tanto, la exclusión y la segmentación social derivados de la falta de acceso a empleos de calidad son factores determinantes de la pobreza y de las desigualdades sociales que se reproducen a lo largo del tiempo y que se expresan en la elevada y persistente concentración del ingreso prevaleciente en la región”4.

28.- San Alberto Hurtado resume el pensamiento social de la Iglesia con respecto al salario justo en cinco puntos: (a) que baste a las necesidades del trabajador y su familia; (b) que responda al valor técnico del trabajo; (c) que refleje la situación económica del momento; (d) que guarde proporción con el estado de la empresa; y (e) que tenga en cuenta las exigencias del bien común. Así, “la retribución del trabajo debe tener como límite mínimo las necesidades del trabajador y su familia; como límite máximo, las posibilidades económicas de la empresa; como regla que lo regule, las exigencias del bien común; como alternativas de fluctuación, la preparación técnica del trabajador y las condiciones económicas del momento”5.
29.- Con Juan Pablo II, el tema del trabajo llega a ocupar un lugar central en el pensamiento social de la Iglesia. “El trabajo humano es una clave, quizás la clave esencial, de toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el punto de vista del bien de la persona humana”, adquiriendo “una importancia fundamental y decisiva”6. Tanto es así que “la justicia de un sistema
socio-económico y, en todo caso, su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados según el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema”, porque “el salario, es decir, la remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta a través de la cual la gran mayoría de las personas puede acceder a los bienes que están destinados al uso común”7.
30.- No se trata tan sólo de un principio de justicia social, sino la clave está en su fundamentación antropológica. La dimensión subjetiva del trabajo condiciona la misma esencia ética del trabajo, porque “quien lo lleva a cabo es una persona humana”. “Esta verdad, que constituye en cierto sentido el meollo fundamental y perenne de la doctrina cristiana sobre el trabajo humano, ha tenido y sigue teniendo un significado primordial en la formulación de los importantes problemas sociales que han interesado épocas enteras”8.
31.- En el Nuevo Testamento se afirma dos veces: El trabajador tiene derecho a su salario (Lc 10, 7; 1 Tim 5, 18). Esta preocupación se encuentra en las primeras páginas de la Sagrada Escritura: “No explotarás al jornalero humilde y pobre, ya sea uno de tus hermanos o un forastero que reside dentro de tus puertas. Le darás cada día su salario, sin dejar que el sol se ponga sobre esta deuda; porque es pobre, y para vivir necesita de su salario. Así no apelará por ello a Yahvéh contra ti, y no te cargarás con un pecado” (Dt 24, 14 – 15). Es que el salario es, para la gran mayoría, condición de calidad de vida (alimentación, vivienda, educación), de dignidad (auto-respeto y reconocimiento social), y de realización personal y familiar (posibilidad de proyección).

32.- El auténtico progreso de un país, en el pensamiento social de la Iglesia, “no se mide exclusivamente por la cantidad de bienes producidos, sino también teniendo en cuenta el modo en que son producidos y el grado de equidad en la distribución de la renta, que debería permitir a todos disponer de lo necesario para el desarrollo y perfeccionamiento de la propia persona”9. La implementación de un salario justo hace, en verdad, de la sociedad una auténtica patria para todos y todas.


Notas

1 Cf. Centro de Estudios INFOCAP, septiembre 2007.

2 Diario El Mercurio, Sección Economía y Negocios, 24 de octubre de 2007, B9.

3 La Pastoral fue publicada por la Editorial Splendor. En ella se remite a otros documentos eclesiales anteriores: “El Episcopado Chileno, en cumplimiento de su sagrada misión, ha tratado de corregir ese mal en nuestro país, no sólo publicando las Encíclicas Pontificias y con actos individuales, como lo hizo en hermosa Pastoral de 1891 el Rvdmo. Arzobispo de Santiago, Monsenor Mariano Casanova, de feliz memoria, sino también en forma colectiva, como lo hemos hecho en nuestra Pastoral del 8 de septiembre de 1932 sobre La Verdadera y Única Solución de la Cuestión Social, en la cual hemos ensenado la doctrina de la Santa Iglesia sobre el justo salario y sobre la justicia y la caridad sociales, sin las cuales será inútil todo esfue rzo para conseguir la paz y la felicidad del mundo”.

4 CEPAL, Cohesión Social: inclusión y sentido de pertenencia en América Latina y el Caribe (Síntesis), (Santiago: Naciones Unidas, 2007), pp. 49 - 50. En la cita reproducida se hace referencia al estudio de la CEPAL: Equidad, desarrollo y ciudadanía, (Santiago, 2000).

5 Alberto Hurtado s.j., Moral Social (Obra póstuma), (Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2004), p. 248. Cf. también pp. 63 – 65 y 241 –
249. Tres son las exigencias del bien común: (a) que los trabajadores puedan formarse un modesto patrimonio; (b) que los salarios se regulen de tal manera que el mayor número de trabajadores pueda emplear su actividad productiva (es decir, que los salarios no sean ni demasiado reducidos ni extraordinariamente elevados); y (c) que exista un cierto equilibrio entre las varias profesiones de la sociedad (entre los salarios de las varias categorías profesionales; entre los precios de los productos y servicios de las distintas ramas productivas; entre los salarios y los precios de las diferentes actividades económicas). Cf. p. 247.

6 Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 3.

7 Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 19.

8 Juan Pablo II, Laborem Exercens, (14 de septiembre de 1981), No 6.

9 Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 2004, No 303.